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Abrecartas A cargo de GUILLERMO CABRERA ÁLVAREZ Hace pocos días cuando me dirigía al trabajo, como es mi costumbre ayudé a trasladar a un individuo que me pidió lo dejara en 100 y Vento (transitaba yo a la altura de la calle Camagüey). Antes de llegar a la escuela Salvador Allende me pidió lo dejara y al despedirse me dio las gracias y me tendió la mano, momento que aprovechó para arrancarme el reloj y darse a la fuga. La atención de los compañeros de la PNR fue de un comportamiento excelente, pero el delincuente logró escapar. Conozco personas que no recogen a nadie por temor a sufrir ataques como el realizado contra mí. En ese mismo lugar he recogido en innumerables ocasiones —y seguiré haciéndolo— a trabajadores del aeropuerto, contingente, acuario nacional, policías de tránsito, enfermeras, estudiantes de la CUJAE, y tantos más. Quizá deban tomarse medidas por las autoridades competentes en esos lugares. La solución no puede ser negarnos a ayudar a alguien. Es un horario de trabajadores y estudiantes, y ese no puede transformarse en un horario delictivo y que aquellos que poseemos recursos para acometer nuestro trabajo y con él apoyamos al pueblo, podamos seguir haciéndolo sin temores. No pretendo que publique mi carta, sino que en algún momento haga una reflexión sobre la esencia de lo dicho. (Tomás Pagán, Ciudad de La Habana). Causa verdadera indignación que gestos bondadosos como el suyo y el de tantos ciudadanos más en nuestro país, sean pagados con tanta ruindad y cobardía, por elementos de tan baja condición humana. Lo más hermoso de su carta —y debo decírselo con total franqueza— es su voluntad de continuar brindando su aporte solidario al desplazamiento de nuestro pueblo, en esos horarios terribles de entrada y salida, donde hasta una sonrisa se agradece. Todo lo que acumulo como recuerdo de llevar gratuitamente pasajeros de acá para allá, es agradable. El más cariñoso de todos fue aquella noche cuando transporté a una señora con dos hijos pequeños. Al llegar a la esquina donde nuestros destinos se separaban, los niños dormían con tanta placidez, que decidí llevarlos hasta su casa. La que viajaba conmigo y yo llegamos alegremente tarde adonde íbamos. Nada ni nadie puede impedir que sigamos siendo solidarios. Un delincuente podrá robarnos un reloj, pero nunca la nobleza. Tanta frase o gesto cariñoso nos acompaña por la vida, que nos transforma en un singular banco donde la mayor fortuna se deposita en dos sílabas cargadas de ternura: ¡gracias! Es una lástima que la escoria no lea periódicos, pero de todos modos, es bueno que frecuente la zona, una cuadras acá o unas cuadras allá, por esa misma calle 100 se llega hasta Aldabó, o como dice el sano humor popular: "¡Cien y se acabó!"
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