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29/01/2002
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Lecturas

Mirando al fondo

ROGELIO RIVERÓN

Propongo a todo lector que se respete —y que aún no lo haya hecho— la visita a un libro extraordinario, literalmente.

El libro es Trastiendas, la última obra escrita por Miguel Collazo (La Habana, 1936-1999), raro caso en nuestras letras actuales.

He aquí una novela fantástica —digo de entrada—, y por partida doble. Y para no quedar colgado de alabanzas indemostrables, trataré de dar razones. En Trastiendas (Ediciones Unión, 2000) se aposenta la idea del destino como algo irremediable. Por algún pecado original, por falta de tiempo para el escarmiento, hay unos hombres en una ciudad muerta. Ellos —muertos también— reciben una especie de gracia: recesar del infierno, volver a ser, pero por un breve período. De tal forma podrán reír, beber, y habrá tiempo para pensar en lo que nunca pensaron. Miguel Collazo retorna al género en el que fue más él: una literatura fantástica recorrida por un estilo propio, identificable, nervioso. De un nerviosismo que se transmite y se repiensa.

En un prólogo ágil y apocalíptico Antonio José Ponte se une a la sentencia del alemán Michael Ende de que los escritores fantásticos, sea donde sea, se encuentran a la defensiva. Es verdad. En la narrativa cubana nos hemos topado con unos arrecifes realistas visiblemente monilíticos, por los que pocas veces se escurre un desertor del género. Son varias las causas del hecho, pero la prisa no es la última de ellas: una prisa editorial, amoldada a lo que más se publica.

El riesgo en este caso pudiera estar en que el lector se acostumbre igualmente a un realismo que a veces se parece demasiado, renuncia a los contornos y se funde de autor en autor para llegar por vía equivocada a la idea cósmica de que lo esencial no está en quién maneja la pluma, sino en lo que queda escrito.

Trastiendas, como buena excepción, se rige por una fabulación contenida, pues Miguel Collazo quiere más un sondeo que una expansión. De esos personajes encerrados sin patetismo en una culpa que los sobrepasa, de la que a veces son padres y otras vástagos, brota un deber filosófico oscuramente ligado a los moldes progresivos de la novela, en tanto obra literaria.

Imaginación que sabe lo que busca, libro que nos pone a pensar, pero que no se equivoca: la literatura exige disfrute, emoción de algún tipo, y Trastiendas los brinda. Con un epílogo que, salvo por su risueño cinismo —Collazo se ríe temblando, pienso parafraseando al ucraniano Nicolai Gogol—, bien pudiera sobrarle, esta es una obra contundente. Dicho con una cansada frase, pone en alto el nombre de nuestra narrativa.

29/01/2002

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