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Aniversario 149 José Martí y la República soberana LUIS SUARDÍAZ
El apóstol definía la guerra como un procedimiento político y antesala de esa revolución que no se realizaría en la manigua, sino en la república, así lo recordaba Carlos Baliño. Cuba lograría romper los nudos que la sujetaban a la metrópoli española mucho después de sus hermanas del continente, cuyos aciertos debía tener en cuenta y cuyas fallas debía evitar, si no quería ser una mayordomía espantada ni una hacienda sangrante como la de Rosas. Si la ley primera de la República —que solo se hizo efectiva con el triunfo revolucionario— tenía que ser el culto de los cubanos a la dignidad plena del hombre, en un clima de paz y equidad real, había que cerrarle el paso a la república que no viniese preparada por medios dignos del decoro del hombre, para el bien y la prosperidad de todos los cubanos. A los patriotas que ya se disponían a montar a caballo, a combatir —cada cual con sus armas— por la independencia verdadera, los preparaba para las faenas republicanas. No era posible esperar el fin de la contienda para sentarse a discutir las bases de una nación tardíamente incorporada al concierto de los países libres de la dominación peninsular, pero amenazados por nuevos peligros, principalmente por la voracidad expansionista del Norte donde ya desplegaba sus armas el imperialismo. Gran soñador de realidades, Martí trazaba el perfil de la nueva sociedad y apuntaba: para verdades trabajamos, no para sueños. A sus íntimos compañeros de lucha y a todos los cubanos sinceros los invitaba a dialogar sobre el cercano destino de la Isla. Si los autonomistas se desgastaban en discursos vacíos y su programa se deshacía sin remedio, era evidente que el anexionismo no había sido vencido del todo. Aquellos que confundían los signos del progreso con la subordinación al poderoso vecino del Norte, y sobre todo los acaudalados que desconfiaban de la revolución, tratarían de imponerle sus ideas a la república. Por eso previno Martí: La idea de la anexión por causas naturales y constantes es un factor grave y continuo en la política cubana (...) Mañana, por causas menos atendibles de nuestra política interior, perturbará nuestra política. Y con su proverbial lucidez, añadía: La idea de la anexión es un factor político menos potente hoy que nunca, y destinado a impotencia permanente; pero como factor político se ha de tratar, a la vez que demuestre su ineficiencia. Si el dominio español terminaría con la victoria de los mambises, el pueblo unido debía comenzar otra etapa histórica no menos difícil. El país tenía que evitar el perpetuar el alma colonial con novedades de uniforme yanqui y a tender a la esencia y realidad de un país republicano. No dejarse tentar por esa libertad de aficionados que aprenden en los catecismos de Francia o de Inglaterra los políticos de papel. Un obstáculo se levantaría, entre otros, ante los que se preparaban para servir a la nación en condiciones hasta entonces inéditas: la falta de cultura conspiraba contra el triunfo de una libertad real y pujante. Por eso preparaba Martí a los dirigentes del Partido para la tarea de elevar sin demora la cultura del pueblo. Ya en su evocación de la Asamblea de Guáimaro, en aquel alzado abril de 1869, Martí destacaba el pensamiento republicano de los héroes del 68, aunque no pasaba por alto las complejas circunstancias y el apresuramiento de los patriotas en proclamar lo que todavía era un capítulo lejano al que solo se llegaría con el triunfo de las armas. Pero a fines del siglo XIX, ya se veía venir la república con sus virtudes, sus vicios, sus peligros. Ya sabemos que su caída en combate, la de Antonio Maceo y otros esclarecidos patriotas, entre otros factores interrumpieron el proceso revolucionario. La república que se proclamó el 20 de mayo de 1902, distaba mucho del sueño de mármol de Martí, como denunciaron en su momento Rubén Martínez Villena y no pocos patriotas insobornables. Aun así no puede decirse que el sacrificio de nuestros mambises haya sido inútil. Sin duda la independencia conseguida fue precaria y los derechos de los ciudadanos menguados de la dominación colonial pasaron a la dependencia neocolonial, mas no iban lejos otras naciones de nuestra América que solo vivían una ficción prolongada de soberanía. Y sobre todo: no se perdió el ideario martiano. La situación política que cuajó en los años veinte —esa década crítica que decía Marinello— forjó nuevos líderes. Cada generación aportó su cuota de sacrificio y cuando Fidel y sus compañeros atacaron el Moncada, iniciando así la rebelión que nos condujo a la liberación nacional, José Martí volvió al combate y con él, y con todos nuestros mártires, continuamos librando nuevas batallas y enfrentando los desafíos de nuestra época. |
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