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Música Galáctico nengón JORGE FIALLO Fue un parto feliz y difícil el del concierto Para ti, Nengón, dedicado a la música de la joven y laureada compositora Keyla Orozco Alemán, en el Teatro Amadeo Roldán. Un éxito artístico y musical a costa de tensiones que, si no afectaron el resultado, fue por ese don de artista de los músicos, fundamentalmente de la Orquesta Sinfónica Nacional, el Centro Nacional de Música de Concierto, la dirección del compositor Roberto Valera para los conjuntos instrumentales y de Alina Orraca frente al coro Coralina. Imposible dar detalles con tantos formatos e intérpretes que se presentaron: piano solo, en grupos de cámara, flauta con violín, coro y percusión. Ese fue un factor que dio variedad y equilibrio al programa, unido a la solidez estructural de cada pieza, que cumple su cometido incluso cuando puntualmente algún detalle resbale por la falta de ensayo, pues las sutiles variaciones previstas en la partitura hacen sentir como probables y admisibles ciertas desviaciones del punto medio. Eso es un factor a destacar, agregando que tal solidez tiene un fuerte basamento en el dominio de la técnica de componer y el de las fuentes musicales que inspiran a la joven compositora: claro ejemplo de la positiva influencia de la teoría sobre la práctica musical, con una base de personalidad propia y voluntad integradora, por supuesto. Sí, porque la música de Keyla proyecta sus propias vivencias y talento personal junto a los estudios y el bagaje musical que aporta la dinámica presencia de su padre, el musicólogo Danilo Orozco, a cuya Antología integral del son le dedicara el concierto desde el propio título, pues los nengones —como fundamenta este— representan puntos nodales en la génesis de lo sonero. Dedicatoria extensiva a su familia y al cubano, que no ha perdido presencia en ella aunque disfruta de la beca Guggenheim dada por la fundación del mismo nombre, de Nueva York, y desarrolla su carrera exitosa en Holanda, donde sus obras son solicitadas e interpretadas por los principales músicos (que las tocan muy bien y pulcramente, aunque aquí es donde laten con más vigor). Muchos logros se anotó el concierto en su aspecto de realización, desde la ambientación con música grabada de la propia compositora hasta la entrada con plataforma elevadora de los dos primeros intérpretes para una pantomima que creó una atmósfera de performance desacralizante que ya daba una clave a seguir (por cierto, subir en la plataforma fue idea del percusionista Yaroldi Abréu, del grupo de Chucho Valdés, interactuando muy en sintonía con el carácter expresivo de la música). Las luces también formaron parte de la variedad en estímulos y solo fue de lamentar —como mal menor— que en el intento de alternar sonoridades no se pudieran ajustar los cambios para evitar algunos baches. La música de Keyla Orozco resarce esos detalles porque nos conecta con todo: desde nuestro más íntimo y colectivo sentir hasta el latido de un mundo en el cual se arremolinan cada día las imágenes más fuertes, contrastantes, contradictorias, y los acontecimientos que se repiten con sutiles variaciones, a veces de matices, aunque en el fondo mantienen su esencia. Hay un gran componente de identidad cubana y, como parte de él, una expansividad donde se montan sobre una base coherente las sugerencias más ingeniosas que nos hacen sentir, aun con instrumentos acústicos (y hasta botellas afinadas con agua que suplieron la falta de un juego de cencerros), como si escucháramos la versión digitalizada de nengones, danzones, sonsonetes y sones que atraviesan el espacio intergaláctico por un agujero negro donde toda sustancia se repliega comprimida sobre sí misma. |
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