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Teatro Lírico El vuelo de la mariposa PEDRO DE LA HOZ
Quedémonos, entonces, con esta Butterfly afrontada decorosamente por el Teatro Lírico Nacional en los albores de su cuadragésimo aniversario, empeñado en situarse en el justo lugar que merece en la escena cubana, ahora bajo la égida de Adolfo Casas; y dejemos a un lado, el estereotipo exótico de la geisha, y de otro, la calaverada gore del suicidio de la japonesita delante de su hijo —bandera norteamericana en mano (en la versión cubana, tal vez por deferencia a la contribución de la Embajada nipona en nuestro país a la puesta, le pusieron en la mano restante la del Sol Naciente)—, y adentrémonos en lo que sucedió el último fin de semana en la García Lorca. Nuestra Butterfly cautivó por el sonido instrumental y el impacto visual. Una Elena Herrera con sus mejores atributos desplegados no solo se echó al hombro la orquesta hasta sacarle la siempre impresionante paleta sentimental pucciniana, sino consiguió una muy fluida comunicación entre la línea de canto y el acompañamiento. Néstor González, fiel al patrón realista, se las gastó todas en el diseño del interior de la casa de Pinkerton, con lo que borró los estropicios del folclorismo paisajístico del primer acto. El vestuario, de lujo, con la orientadora mano de la maestra María Elena Molinet. Mucho gustó que la dirección artística de María Eugenia Barrios apostara a la contención en las actitudes de los protagonistas y subrayara el enfrentamiento entre la procaz frivolidad del conquistador y la sincera entrega de la conquistada. De todos modos se escapó, en las escenas de conjunto, el viejo cliché que nos pinta a los japoneses como seres de pasos cortos y saltitos cómicos, más propio de un filme de Ichi que de la mirada profunda de Kurosawa. El primer elenco trajo la prueba de confirmación del crecimiento lírico y espiritual de la soprano Katia Selva en su Butterfly; la afinada y atinada presencia del tenor Alexander González en Pinkerton —lástima de una menguada potencia que lo hace prácticamente inaudible—, el desencaje radical del barítono Oscar Pino en un Sharpless privado de posibilidades; y la eficacia de la mezzo Lily Hernández, una Suzuki de temple en el canto. Del resto, nos da por pensar que es hora de que a Pedro Eduardo Hernández se le propicie en el futuro un papel en el que ejerza su reinado como bajo, pues en los pequeños papeles de los títulos escenificados en los últimos tiempos brilla con luz propia. Esperamos ahora por la Cavalleria rusticana, de Mascagni, que subirá a la García Lorca entre el 15 y el 17 de febrero próximo. |
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