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Graziella Pogolotti, talento y voluntad MARTA ROJAS Por supuesto que la fecha en que nacemos es fortuita y no representa mérito ninguno; el mérito es el resultado del talento y del trabajo, o de los actos heroicos. Puede festejarse el día, fuera del seno familiar, cuando la experiencia de vida ha estado colmada de los atributos mencionados. Graziella Pogolotti rechazaría esta nota si, aún con su modestia proverbial, no estuviera convencida de que ella ha aportado, acepta, "algo a la cultura". Graziella cumple 70 años con una experiencia vital que los rebasan.
El ambiente bohemio-intelectual de París de los años treinta es el medio donde la hija única dará sus primeros pasos, siempre junto a sus padres y los amigos de ellos que serían los intelectuales cubanos y franceses más notables del siglo XX. Fue la lengua francesa la primera que aprendió Graziella. Italia habría de ser el otro país que acogiera al matrimonio en medio de una pobreza lacerante, y el italiano resultaría la segunda lengua que aprendió. Al llegar a Cuba —casi milagrosamente, cuando la Segunda Guerra Mundial se veía venir, dejaba desierta a la ciudad de París y estaba a punto de cerrarse la frontera con Italia—, la niña Graziella pasó los primeros seis meses en La Habana apenas sin hablar y negada rotundamente a pronunciar una palabra en español, ninguna persuasión de los padres logró que lo hiciera hasta que un día, la tozuda niña, súbitamente —ella lo recuerda hoy con una sonrisa, aceptando que le hizo una trampa a sus padres— amaneció hablando correctamente el español, sin ninguna falta grave para su edad. El caso es que no quiso hablarlo hasta tanto no lograra la fluidez y comprensión de la lengua que ella misma se había exigido. Así sigue siendo la voluntad de esta mujer. Esa voluntad y su enorme cultura la ha salvado de morir en vida pues sabía desde hacía mucho tiempo que, al igual que su padre, perdería totalmente la visión. Él, a los 36 años; ella retuvo la luz indispensable para leer mucho tiempo más. Pero en todos esos años se preparó como un colegial serio para un examen de grado. Acumuló todo el conocimiento que pudo. Vio todo el arte posible de Cuba, Europa, de Norteamérica, personalmente o en los libros. Graziella, con nombrarle aún hoy el título de una pintura que hubiera conocido antes, está capacitada para describirla hasta en los más mínimos detalles. El ejercicio de la memoria la pertrechó de todos los conocimientos universales sobre literatura, cultura general, y política, sin excluir el arte de la composición oratoria, que podamos imaginar. Pero, lo esencial es que nunca se ha quedado atrás en el conocimiento. Sus lectores o la radio internacional en varias lenguas la mantienen actualizada. No es intelectual de gabinete. Los actores y espectadores del Teatro Escambray, desde sus inicios, pueden dar fe de los años en que convivió con ellos en las comunidades. Es una precursora, de primera línea, del movimiento comunitario. Las bases populares, confiesa, también la nutren de conocimiento que ella sabrá analizar y enriquecer para luego proyectarlo, como pocos intelectuales cubanos, o de cualquier país, en foros donde es difícil y hasta peligroso improvisar un discurso teórico. Discursos y conferencias que dicta, con el don de la edición instantánea, donde todas las frases están perfectamente construidas. Solo que ella misma casi nunca queda satisfecha de su exposición: podría quitar o pulir algo, por pura perfección. Los alumnos de la Escuela de Letras, del Instituto Superior de Arte, sus compañeros de la Biblioteca Nacional, y de otros centros docentes superiores en el país que han tenido el privilegio de contar con una profesora o colega semejante, lo saben. Aprendió mecanografía y ha entregado siempre sus textos pulcramente copiados tanto a las revistas como a los periódicos —incluido Granma del cual es colaboradora habitual, en dependencia de la intensidad de su trabajo docente y como Vicepresidenta de la Unión Nacional de Escritores y Artistas de Cuba. A propósito del periodismo de Graziella, para los lectores de Granma fue una sorpresa leer en sus páginas una crónica suya sobre deporte. El personaje que la inspiró fue Bobby Salamanca. Aunque nos parezca raro, Graziella Pogolotti, dama de Academia, es aficionada al deporte y sigue por radio siempre que tenga tiempo, los juegos de béisbol, sobre todo. Aquella niña, nacida en la Clínica Mirabeau en París, por pura casualidad, es una cubana raigal. Su intuición y ejercicio crítico profundo y permanente la condujo por el camino revolucionario. Contaba su padre que aún muy jovencita escuchaba con vivo interés las palabras de Manuel Bisbé y de Eddy Chibás desde los comienzos del liderazgo ortodoxo. Para ella, el proceso y advenimiento de la Revolución comandada por Fidel fue un acto natural, un compromiso sin discusión. Uno de los momentos más estremecedores y desesperados en su vida los padeció en una clínica de Boston donde acababan de operarla de cataratas y se le presentó un cierre de retina, coincidiendo con el día en que el gobierno de los Estados Unidos rompía relaciones diplomáticas con Cuba. Había sido enviada allí para corregir su enfermedad. Estaba sola en Boston y fueron indecibles las dificultades para poder regresar cuanto antes a Cuba. "Una verdadera tragedia para mí". "Nada —ha confesado— podía ser más duro que no poder volver a mi país". Se sintió como si la precipitaran a un abismo, pero estaba dispuesta a luchar por el regreso y lo consiguió. Esa fue para ella una batalla patriótica singular y anónima. Imposible hacer en esta nota un itinerario de su vida como intelectual, tampoco un inventario de los reconocimientos tan justamente recibidos hasta hoy. Mi intención es no lastimar la modestia de Graziella y respetar su oposición a los homenajes con motivo de un cumpleaños. No festejo ese accidente natural, sino la virtud de su talento y su trabajo. Espero que sea comprensiva con quien es su amiga. |
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