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Viviendo del canto VENTURA DE JESÚS AGRAMONTE.— A Rigo nunca le pasó por la cabeza que un día elegiría el oficio de picar canto. Desde hace varios años, sin embargo, se pasa la vida en ese espacio solitario que son las canteras. Ya se le ha convertido en una costumbre.
Mucho antes de que amanezca, Rigoberto Cruz se toma el trabajo de ir en bicicleta desde el poblado de Jagüey Grande en dirección a las canteras, en un recorrido de 20 kilómetros de ida y vuelta. Comprende las desventajas, pero su rígida voluntad puede más. "Yo vengo todos los días, incluidos los sábados y domingos, y estoy aquí hasta el mediodía, no más. El esfuerzo es muy grande. Aunque todos los oficios manuales son difíciles, este es uno de los trabajos más duros que existen." Aún en la silenciosa luz de la mañana, el suelo blanco quema los ojos. Al rato de estar en una cantera da la impresión como si el olor de esa sustancia húmeda se te metiera debajo de la piel. De todos modos, y pese a los muchos inconvenientes, hay centenares de hombres que viven del canto, ahora inspirados en la necesidad que tienen miles de familias a las que el ciclón Michelle les tumbó sus casas. HASTA AQUÍ VIENE GENTE DE TODAS PARTES Algo más de medio millar de hombres ("ronseadores" de canto) pelean diariamente en estas canteras para extraer del subsuelo las tan necesarias chapas de canto. Comienzan bien temprano para aprovechar parte de la madrugada (se alumbran con chismosas) y toda la mañana, y no exponerse así al fuerte sol. Ricardo Martínez, comercial de la Unidad Básica de Jagüey Grande, asegura que en la región que separa a este pueblo de la localidad de Agramonte existe la mayor reserva de canto de la provincia, dividida en cinco áreas. "Aquí viene gente de todas partes, de Las Tunas, Pinar del Río, Camagüey, Sancti Spíritus... Los estudios sostienen que hay reservas incalculables."
Confiesa que la "tropa está inspirada porque sabe de la utilidad que tienen estos cantos en estos momentos, cuando la falta del elemento pared detiene en ocasiones la marcha de las construcciones. Estamos promediando cerca de 10 000 chapas diarias. Ahora contamos, además, con una máquina de extraer canto, que facilita en alguna medida la labor de los hombres". Por su parte, Armando Falcón, director de la Empresa Provincial de Mantenimiento y Conservación de la Vivienda, dijo que existe el compromiso con la dirección del Partido en Matanzas de sacar 300 000 unidades todos los meses de esas canteras, y que hasta la fecha ya han extraído más de medio millón de chapas. Comentó que nadie se imagina cuánto esfuerzo despliegan esos hombres, 90 de los cuales sufrieron daños en sus viviendas. "Están promediando individualmente unas 17 chapas por jornada, aunque hay algunos que logran picar hasta 50", precisó. En su opinión, con el canto que se extrae aquí se va a garantizar el elemento pared a un tercio de las 7 456 casas que se levantan en la provincia. "Para nosotros es más económico, porque se trata de un producto que lo tenemos en el territorio y que requiere de pocos gastos". EL CANTO ROBA LA VISTA Rigo no está bien constituido para este oficio. Vistiendo apenas un pantalón corto, hace gala de sus mañas. Toma en sus manos un bolo que por su volumen haría vacilar a cualquiera. Lo examina al derecho y al revés, y refiere: "Quizá sea verdad que roba la vista, pero el canto tiene su encanto, debes tratarlo con mucho cuidado porque podría partirse. Los hay nobles, blandos, pero otros son tan rebeldes que no hay `serrote' que les entre". Rigo le oyó contar a alguien que las canteras fueron el fondo de los mares hace millones de años. "Eso no tiene mucha lógica, aunque a menudo nos encontramos como unas conchas que parecen restos fósiles". Al consultar su opinión, afirma que el "ronseador" debe pasar por un proceso de aprendizaje y manejar bien las diversas herramientas que se utilizan en el oficio. "Aquí todo tiene su gracia, desde la limpieza de la superficie, hacer el marcaje hasta sacar el bolo en distintos tamaños. Luego vienen los `lances' y finalmente extraer la chapa de canto de 50 centímetros de largo, 27 de alto y 10 de ancho". En las canteras cada cual tiene su teoría. En el equipo de trabajo, Rigoberto prefiere marcar y sacar los bolos para que los demás extraigan las chapas. Es lo más difícil, pero él se siente cómodo. Al verlo algo agobiado pasadas las 12 del día, le insinúo si no ha pensado en buscarse otro trabajo menos fuerte. Pero al parecer la despedida de las canteras no figura en sus previsiones. "Puede resultar incomprensible, pero me gusta lo que hago. Y no es cuento, del canto viven muchas familias en la zona". |
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