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19/01/2002
Portada de hoy

Crónica de un espectador

Sostiene Pereira

ROLANDO PÉREZ BETANCOURT

Sostiene Pereira, libro y película, tendrán una feliz coincidencia este lunes en ocasión de la edición 43 del Premio Casa. Ese día, a las 8:30 p.m., el mismísimo Antonio Tabucchi, luego de la presentación y venta de su novela en la sala Chaplin, subirá al escenario para adelantar en imágenes lo que más tarde la palabra impresa confirmará ante los lectores como una excelente obra.

El filme, que en 1996 realizara Roberto Faenza sobre la novela de Tabucchi, permite apreciar el hoy raro don de la fidelidad, lo que de ninguna manera debe interpretarse como una simple transposición mecánica de un medio a otro. Los presupuestos éticos de la obra literaria, los valores de composición para ir revelando, no sin cierto suspenso, los mundos inexplorados que se abren ante el antihéroe protagonista, los atrapa Faenza desde la sensibilidad de su cámara y apoyado en el broche de oro con que Marcelo Mastroianni se despidiera del plató para irse a sentar en el panteón de los imprescindibles.

Todo lo anterior madura en el filme sin perder de vista el nervio central del libro y que parece ser una de las obsesiones en la obra de Tabucchi: la duda contaminante entre los hombres envueltos en sus tramas, desplazándose ellos una y otra vez sobre los dilemas de la identidad.

Sostiene Pereira tiene lugar en la Lisboa de 1938, sometida a una férrea dictadura y foco sustancial de los aullidos fascistas que amenazan con devorar a Europa. Allí un viejo y metódico periodista trabaja como jefe de la página cultural de un diario nada trascendente. Lo suyo es la reseña de los autores que ya pasaron por la vida y que al no poder resucitar dejan de ser motivo de preocupación para la censura. El recuerdo de su esposa muerta; las reflexiones, al cabo de una existencia, por el sabor de las mieles no probadas, y el continuar en solitario sus últimos pasos por la vida, conforman para él los rumbos mentales de cada día.

Pero afuera, más allá del enclaustro de su oficina, bullen los reclamos de personas conocidas para que Pereira, como intelectual que es, "haga algo", "diga algo" de lo que se le viene encima a la humanidad.

"¿Algo como qué?", pregunta el viejo periodista en una ocasión y en su interrogante deja ver la agonía del lúcido que intuye, pero evade.

Entonces Pereira conoce a un joven colaborador de su página cultural, todo pasión y compromiso social (¡ah, ese hijo que no tuvo!) y gradualmente va siendo arrastrado hacia una nueva conciencia que, por supuesto, le pondrá a pendular la vida sobre una cuerda floja.

Pudiera pensarse a primera vista que estamos ante uno de esos filmes denominados políticos, pero no es así. Si bien Sostiene Pereira —con la música de Morricone matizando los dos tiempos de una conciencia— toca aspectos políticos referidos a una época, sus presupuestos éticos son más ambiciosos y tan universales como contemporáneos.

Presupuestos que apuntan hacia espacios hoy alienados, no pensantes, universos manipulados por la parsimonia del echarse fresco ante realidades sociales que, por estar llenas de responsabilidades y peligros, involucran a todos los capacitados con la sensibilidad inexcusable de lo humano.

Mastroianni, excepcional, supo darle vida nueva, resurgimiento desde el fondo del pozo, a su moribundo intelectual aplastado por los temores.

Capacidad reflexiva ante la injusticia, y luego la rebelión.

Así de grande y sencilla es la alegoría de Sostiene Pereira.

19/01/2002

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