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El fabuloso caso de las Fáez Un dúo de trovadoras que habita en Camagüey clasifica entre los 20 mejores discos de Músicas del mundo en Francia durante el 2001 PEDRO DE LA HOZ
Pronto diré quiénes son las Fáez y por qué la selección es más que merecida. Pero antes se impone significar el alcance de la noticia. Músicas del mundo, más allá de la imprecisión del término y del tufillo marginal que transpira (una lectura que implica situarse en la periferia de las músicas del Primer Mundo o al menos pasar como folclor o nota exótica), abarca, en el caso de Francia, una amplísima producción seguida con mucha seriedad por sectores cada vez más vastos que toman conciencia de la necesidad de una apertura estética hacia la multiculturalidad de estos tiempos, y que de hecho privilegian los mestizajes y fusiones de aires y raíces como los más fecundos valores de cambio espirituales en nuestra época. Entre esos 20 títulos seleccionados se hallan figuras legendarias que han trascendido el ámbito de sus respectivas culturas. Por citar algunos ejemplos, el paquistaní Nusrat Fateh Alí Khan, máximo promotor de la tradición sufi; la desaparecida portuguesa Amalia Rodrigues, la reina del fado (en su país es algo así como nuestra Celina González); Kadda Cherif Hadria, quien encarna una auténtica revolución en el raí argelino al fusionarlo con el flamenco, la salsa y el reggae; el senegalés Ismael Lö, cuyas baladas han conquistado desde hace años a los europeos; y la incandescente angolana Bonga, a la que el caboverdiano José Da Silva (Lusáfrica) ha rescatado para recordar la mítica voz perseguida por la policía colonial lusitana en la etapa previa a la independencia. VOCES DULCES Y AMABLES En ese entorno triunfan las Fáez, con el encanto de la trova tradicional cubana. Florecelda nació en Antilla, antigua provincia de Oriente, en 1928, y Cándida dos años después en Camagüey, ciudad en la que han transcurrido sus vidas. Ambas se desarrollaron en un ambiente donde el canto, la poesía y la guitarra eran tan naturales como el aire y el agua. En la Casa de la Trova camagüeyana el dúo se ha cubierto con el tiempo de una aureola mítica. Mas ni Florecelda ni Cándida tuvieron demasiadas ambiciones. Incluso, en los últimos tiempos, pensaron, ante la decisión del sempiterno acompañante en la guitarra, su hermano René, encerrarse en la intimidad de los recuerdos. Hasta que hace unos tres años, el músico francés Cyrius Martínez, apostó por ellas y en arriesgado empeño, aunque con los antecedentes de Compay Segundo y la Vieja Trova Santiaguera, alentó su participación en un proyecto colectivo que derivó en la grabación del disco Casa de la Trova. Si Compay definía el espectro sonero-trovadoresco más tradicional y la Vieja Trova encarnaba la esencia de la herencia oriental, las Fáez iluminaban la zona más íntima de los aires de serenata, esos que se expanden suavemente entre el aroma del café y el balanceo de las mecedoras. A mediados del 2001 presentaron su nuevo disco, La trova de las Fáez. Frances Normande y Veronique Montaigne, dos de las más reputadas voces críticas francesas valoraron la producción como un "vivo ejemplo de candor e instinto (...) de entrega radiante de sentimientos". Este es un disco de empaque discreto, realzado por las matizadas intervenciones del eterno Frank Emilio y Omar Sosa al piano, del tresero Pancho Amat, del gran bolerista Fernando Álvarez, y de los acordeonistas Marcel Azzola y los argentinos Mosalini (padre e hijo) para un tango de lujo incluido en el registro. A las Fáez las encontré en el último Cubadisco, adonde concurrieron por cuenta del Centro Provincial de la Música de Camagüey. No dejaban de ser tímidas, y eso que les hablé de las cuatro páginas y la portada que les acababa de dedicar la revista Les Inrockuptibles. Parecían no darles importancia a tanto éxito. Solo les escuché decir: "Aquí estamos para cuando guste. Lo nuestro siempre será cantar lo que aprendimos en casa". |
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