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10/01/2002
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Eros al desnudo

Entre signos y letras, Rafael Acosta de Arriba aborda el tema del oscuro y luminoso objeto del deseo

Pedro de la Hoz

El título es demasiado estricto, aunque veraz: El signo y la letra. Forma parte del esfuerzo editorial del Centro de Investigación de la Cultura Cubana Juan Marinello y se presentará el próximo lunes en su sede. El autor, Rafael Acosta de Arriba (La Habana, 1953), hasta ahora más conocido como historiador (Los silencios quebrados de San Lorenzo) y poeta (Profecía del vino, Puertas oscuras y Fractura del tiempo), ha preferido la parquedad enunciativa para enmascarar un resultado que rebasa la mera compilación de trabajos reflexivos que a lo largo de una década ha ido hilvanando. Porque, si echamos a un lado unos pocos artículos, reseñas y notas que nacieron de coyunturas muy puntuales o de ocupaciones institucionales, lo que se esconde detrás del signo y la letra es una original y necesaria mirada al erotismo en las expresiones literarias, plásticas y cinematográficas, lo uno en tanto comparte con el lector arriesgados y muy bien fundamentados juicios de valor sobre el asunto; lo otro, porque entre nosotros ha llovido y llueven todavía hojas de parra que ocultan o nublan el terreno.

Las indagaciones de Acosta recorren la ruta que va de la poesía y la ensayística de Octavio Paz —aporta aquí una lectura inteligente de La doble llama, texto paciano del cual le escuché a Armando Hart decir que "es una revelación poética una de las grandes verdades de este mundo"— a las metáforas visuales de Luis Buñuel, de la eclosiva pintura de Carlos Enríquez a los autorretratos conceptuales de Marta María Pérez, todo ello gobernado por el principio de que el eros forma parte esencial de la vida, de las representaciones simbólicas de los seres humanos, y que renunciar a esa percepción no deja de ser un acto de lesa hipocresía, o de represión moral.

En cuanto a la experiencia literaria, el ensayista resume los estadíos de la percepción erótica en la cultura occidental moderna del siguiente modo: "Para Boccaccio el erotismo fue inteligencia lúdica; para Restif de la Bretonne un instrumento de análisis sicológico; Proust mezcló dosis de perversión en sus textos; Henry Miller hizo de lo erótico una escena posible de encontrar a la vuelta de la esquina; Anaís Nin nos descubrió el erotismo que bulle en el interior de la mujer (...); Wilde y Burroughs exaltaron los secretos de la homsexualidad; Roland Barthes calificó el erotismo como una especie de vía de acceso a una trascendencia de la sexualidad (...); para Bataille el erotismo fue transgresión y violencia, y como tal, negación de todas las prohibiciones (...) para Braudillard, en cambio, fue motivo para sus indagaciones en los laberintos de la seducción amorosa".

Para Acosta "el erotismo es la pregunta que desde los orígenes se ha hecho el hombre". En otro momento nos dice que "la fantasía es la espuela del deseo". Exploración, sueño, carne y realidad: tales atributos demonizados, canonizados y desacralizados por el arte —y por el arte y las letras cubanas, como Acosta lo demuestra, como lo ha hecho también en la parcela narrativa, con notable visión, Víctor Fowler— merecen una atención que en El signo y la letra se nos revela.

10/01/2002

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