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08/01/2002
Portada de hoy

8 de enero de 1959

La histórica
entrada
de Fidel
a La Habana

REYNOLD RASSÍ

La emoción reinaba en toda la población aquel 8 de enero de 1959. El pueblo habanero esperaba ansioso desde el amanecer la entrada de la Caravana de la Libertad, integrada por las tropas del Ejército Rebelde en marcha desde Oriente, a cuyo frente venía el Comandante en Jefe Fidel Castro, el líder máximo de la Revolución.

Las casas y edificios adornados con banderas cubanas y del 26 de Julio, bandas de música en avenidas céntricas, la gente se lanzaba jubilosa a las calles, en espera del asaltante del Moncada, el expedicionario del Granma y combatiente de la Sierra Maestra, del hombre en el que las masas habían confiado y se le habían sumado en la lucha contra la sangrienta tiranía y por la verdadera libertad de la Patria, al fin alcanzada.

A la entrada de los perímetros de la ciudad de La Habana, en el Cotorro, Fidel viajaba en un tanque ocupado a las fuerzas enemigas. Allí se produce un encuentro y abrazo con su hijo Fidelito. Luego los trabajadores de la cervecería del Cotorro lo invitan a visitar la fábrica, a lo cual accede por unos minutos. Fidel continúa viaje, ahora en un yipi. Pasan por la Virgen del Camino, la Calzada de Luyanó, Concha rumbo a Atarés, los elevados de la estación de ferrocarriles, la Avenida del Puerto... En este último lugar se detiene para ver allí anclado el yate Granma, y saludar al compañero Collado, su timonel.

Sigue hasta llegar a Malecón y Prado, donde para con el objetivo de visitar el Palacio Presidencial, desde cuya terraza dirige un breve discurso a la población allí congregada. Luego marcha por Malecón, 23, 41, 31 y finalmente al campamento militar de Columbia, otrora guarida del régimen derrocado, donde hablaría ya al anochecer al pueblo habanero.

A su paso por las calles, la Caravana casi no podía avanzar. Aquello era apoteósico: niños, jóvenes, ancianos, hombres y mujeres del pueblo, todos querían saludar y abrazar a Fidel y demás comandantes y oficiales que le acompañan, entre ellos al ya legendario Camilo Cienfuegos, al cual el jefe de la Revolución le tenía una gran confianza y afecto. De aquellos momentos todos recordamos su discurso en Columbia, el mismo 8 de enero, y su histórica frase: "¿Voy bien, Camilo?", así como la paloma que se le posó en el hombro y no se le quitó de encima.

JAMÁS DEFRAUDAREMOS A NUESTRO PUEBLO

En su memorable intervención aquel 8 de enero, Fidel, al referirse a la fuerza del pueblo y a su papel como principal defensor de la Revolución, destacó:

"Nuestra más firme columna, nuestra mejor tropa, la única tropa que es capaz de ganar sola la guerra, esa tropa es el pueblo. Más que el pueblo no puede un general, más que el pueblo no puede un ejército. Porque el pueblo es invencible y el pueblo fue quien ganó esta guerra.

"De la disciplina del pueblo y del espíritu del pueblo me siento orgulloso, porque si algo realmente excelente ha hecho, es demostrar su dignidad y civismo. Vale la pena sacrificarse por un pueblo así. ¡Jamás defraudaremos a nuestro pueblo!"

Eran los primeros días del triunfo revolucionario. Un gran fervor y entusiasmo reinaban junto a una inmensa esperanza en todos los corazones. La huelga general, convocada por Fidel días antes, había dado al traste con la intentona de golpe de Estado organizada por la oligarquía y con el beneplácito de la Embajada de Estados Unidos. La respuesta del movimiento obrero y de todo el pueblo, desde Pinar del Río hasta Oriente, fue contundente. La conjura había sido derrotada.

A la vez las tropas de los "barbudos", desplegadas ya por todo el país, junto a las milicias armadas pertenecientes a las distintas organizaciones que lucharon contra la dictadura batistiana, ocupaban los cuarteles del ejército y estaciones de policías del régimen derribado. Se iniciaba así una nueva época en la historia de Cuba. El poder comenzaba a estar en manos del pueblo revolucionario y este empezaba a regir su propio destino por primera vez.

08/01/2002

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