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05/01/2002
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El Lam nuestro de cada día

ANDRÉS D. ABREU

Diga usted Wifredo Lam en cualquier lugar de este mundo y encontrará siempre a alguien que, quitándose respetuosamente el sombrero, le preguntará como que afirmando: ¿usted es cubano?

Foto: OSVALDO SALASInmediatamente seguro que le mencionarán La jungla y usted podrá agregar La silla. Puede entonces que alguien halague a Lam por sus perfeccionistas retratos realizados por los años 30 en España, donde llegó a contar con una excelente clientela, o que algún francés se enorgullezca de conservar en su biblioteca un ejemplar de la edición de Fata Morgana, el libro de André Bretón que lleva sus ilustraciones, o que un martiniqueño o haitiano conozca del andar del pintor entre vegetaciones y religiones sincréticas de estos pueblos del Caribe a su regreso a Cuba en 1941.

Cuenta Alejo Carpentier en una crónica publicada antes de una visita de Lam a Venezuela que fue en los jardines aledaños a una pequeña casa del barrio de Pogolotti donde Lam descubrió los plátanos, las gramíneas, las piñas silvestres, las plantas trepadoras y lechosas y las hojas de formas raras que le sirvieron de modelo para esa transformación de su dibujo que lo llevó a una fijación de su personalidad.

La sólida formación académica y el riguroso oficio adquirido en España y las experiencias de renovación vividas junto a las vanguardias artísticas encabezadas por dos excelentes amigos como Bretón y Piccaso encontraron en la exuberancia del Caribe, en los ritos de la santería y otras manifestaciones de lo afro-cubano y en el reencuentro con su identidad nacional, la "espiritoquímia" que le condujeron a una metamorfosis del retrato, y sus aproximaciones al cubismo y el surrealismo en un nuevo mundo de criaturas reales y fantásticas, el surrealismo mágico.

Es esa realidad maravillosa nuestra, que lo devolvió al universo de la plástica con una intensa gravitación expresiva, la que en galerías y salones donde se muestra o colecciona su obra, fuerza los pasos de los visitantes a transitar acelerados hacia su presencia y una vez ante ella disfrutar esa particular poética.

Pregúntele a los que han cruzado las puertas de los museos de Arte Moderno de Nueva York y de Bellas Artes de La Habana, sobre todo en este último donde su presencia se debate con la de otros grandes de su propia cultura que también cargaron sus pinceles del mismo brocal.

Cien años después de haber nacido en Sagua la Grande, antigua provincia de Las Villas y 20 años después de su muerte, Lam, en este 2002, sigue recorriendo como El rumor de la tierra los espacios abiertos por sus simbólicas representaciones de Elegguá. Fresca está su pintura como Las mañanas verdes y sentado en esa especie de trono que se creó en La silla, se le permite reinar en La jungla de postulados de la contemporaneidad. ¿Cuántos le deben a su obra?

Mejor no se ponga a contarlos, asuma su presencia en otras creaciones como un secreto rito a la cultura cubana de la que él es El presente eterno, y sepa que cuando mencione su nombre, está trazando en el aire uno de los axiomas más importantes para comunicarse en el lenguaje universal del arte.

05/01/2002

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