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Más que números MARIO JORGE MUÑOZ LOZANO El número de homeless (población sin casa) en Estados Unidos crece como la miseria en Argentina o el Síndrome de Inmunodeficiencia Adquirida en África. La pobreza va dejando de ser atributo del Tercer Mundo. Se expande cual feroz epidemia por las naciones más poderosas del planeta.
Hace unos días, el diario estadounidense New York Times sonó la alarma sobre esta cruda verdad al público de su país. La crisis escapó de las modernas computadoras de Wall Street. La debacle no es privativa de la Bolsa. El reino de Chevrolet, Mac Donalds, Coca-Cola... se agrieta como la tierra huérfana de agua. Urbes como Nueva York, Boston y Kansas —la primera, sacralizada como paradigma del paraíso terrenal— se erigen entre las primeras en una lista de 27 ciudades estadounidenses donde una nueva ola de desamparados hace cola frente a los refugios por no contar con un techo para dormir.
No es menos cierto, sin embargo, que como consecuencia de los fatídicos sucesos, cientos de miles de trabajadores, principalmente del sector turístico y de la aviación, fueron despedidos en todo el país. Según el rotativo, el crecimiento del desempleo y el encarecimiento de rentas y créditos para adquirir viviendas, son las causas principales del aumento del número de familias obligadas a pasar las noches en las calles. En noviembre, solamente en Nueva York se contabilizaron 30 000 personas admitidas en centros asistenciales, censo que no llega a quienes pernoctan en autos, rincones, debajo de puentes o simplemente en plena calle.
Una encuesta de la Conferencia de alcaldes publicada recientemente señala que las solicitudes de necesitados de servicios sociales aumentaron el 13 % durante el pasado año en relación con el 2000. Hoy, los refugios se encuentran superpoblados. Como otra de las causas de los elevados niveles de desamparados, el periódico resalta la negativa de las inmobiliarias a reducir los precios de las tarifas de alquiler y de ventas de hogares pese a la reconocida recesión económica que afronta Estados Unidos. Quienes perdieron sus puestos de trabajo debieron conformarse, en el mejor de los casos, con empleos peor remunerados, lo cual hizo crecer el ejército de familias que sobreviven en el nivel de pobreza. El New York Times llama la atención sobre los efectos colaterales de la recesión: los programas sociales gubernamentales y de entidades caritativas vieron desaparecer gran parte de las donaciones, ahora destinadas mayormente a los sobrevivientes de los atentados. Informes anteriores recuerdan que las listas de homeless se nutrían de individuos sin lazos familiares o abandonados por sus parientes y discapacitados mentales. Hoy la tendencia es diferente. En las tres cuartas partes de las ciudades donde se realizó el estudio, se registró un aumento significativo del número de parejas jóvenes con hijos en busca de refugios.Descrita como una crisis y una convergencia de calamidades sin precedentes por estudiosos de políticas sociales, la situación de los sin hogar, lejos de mejorar, se recrudecerá con los anunciados recortes presupuestales locales. Con ojos asustados, los norteamericanos ven cómo revienta la burbuja del sueño americano. Las dificultades económicas dejaron de ser fríos números en la nación "elegida" para invadir las calles. DOÑA MISERIA DANZA EN EUROPA De esta situación no escapa la distinguida Europa: más de 165 millones de habitantes del viejo continente cuentan con apenas 4 dólares diarios para vivir, algo que los contorsionistas neoliberales llaman pobreza relativa y no extrema, para aliviar los dolores de conciencia. Las estadísticas dan cuenta, sin embargo, de que estos niveles son muy superiores en las naciones del Este, o sea, las antiguamente socialistas, donde el término pobreza extrema suena como uno de los principales dolores de cabeza de gobernantes y parlamentarios. En Europa el impacto mayor lo sufren las familias numerosas, las viudas con pequeñas pensiones, emigrantes, refugiados y parados de larga duración, como obreros desposeídos de su trabajo, demasiado jóvenes para jubilarse y demasiado viejos para encontrar otro. Solo en España la pobreza afecta a más de 2 millones de hogares, en la bella Madrid esa población alcanza al 9,9 % de sus habitantes. Entre un 5% y un 20% de los europeos de las grandes urbes occidentales carecen de recursos suficientes, según informes de la Organización Mundial de la Salud (OMS). Pero "doña pobreza" no solo se pasea por los parques, callejones o debajo de los puentes de las grandes metrópolis. En países que presumen de riqueza, como Suecia, a 330 000 asalariados a tiempo completo se les ha instalado la miseria en casa. Las estadísticas señalan que en la mayoría de los países de la Unión Europea se han reducido las tasas de desempleo. Sin embargo, los documentos obvian algunos detalles nada despreciables: bajo esta realidad se esconden puestos infrarremunerados, sin perspectiva de evolución profesional y en condiciones de precariedad. La alarma toca además a los jubilados. La UE destinó en 1998 el 27,7% del Producto Interno Bruto a la protección social, frente al 28,9% de 1993. Los estudios indican que cada día son menores las entregas de los gobiernos para la seguridad social. Frente a esta miopía de los Estados, parece que se ha dado por hecho que una Europa basada en una economía neoliberal salvajemente competitiva es la única vía posible, que el viaje a la integración tiene como meta exclusiva la mejora de las economías medidas por PIB altos. Bajo tales estrategias y perspectivas, válidas para muchos países del llamado primer mundo, ya no es posible culpar al desorden o a la ineficacia de los países subdesarrollados por su histórica pobreza. O considerar que la riqueza de los poderosos se debe a la buena organización de sus sociedades. Lo mismo en el norte que en el
sur. Serán más o menos pobres, pero siempre existirán. El capitalismo
necesita de ellos y de su miseria. Desde sus inicios, equidad y justicia
social fueron mutiladas del sistema. La suerte de los más de 1 200
millones de pobres que habitan en el planeta está echada: no son más que
números. |
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