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El honor de nuestra lucha larga NIDIA DÍAZ Dentro de unas semanas, el próximo 23 de enero, se cumplirán 43 años del primer viaje de Fidel a Venezuela. El joven Comandante en Jefe, en medio de las gigantescas tareas que le deparaba el ser conductor del inédito proceso que se iniciaba en Cuba, entendió, además, la necesidad de llevar nuestra verdad y nuestra palabra al mundo.
Pocos pudieron imaginar que aquellos primeros contactos exteriores de Fidel se multiplicarían y con ellos se multiplicarían las relaciones internacionales de la Revolución triunfante. Romper el aislamiento internacional, preconizado por la política de bloqueo impuesta por Washington, y desplegar la infinita capacidad solidaria de la Revolución, serían razones suficientes para que cada una de sus giras por el exterior deviniera escuela y forja, de las que no solo los cubanos aprenderíamos a ser mejores revolucionarios y a interpretar el mundo. Nadie como Fidel, investido por la autoridad y el prestigio de haber hecho posible lo imposible, puede hacer de sus contactos con otros pueblos y gobiernos, una fragua y un puente por medio de los cuales acercarnos más y levantar juntos la impostergable unidad que nos lleve a construir un mundo más justo y de igualdad de oportunidades para todos. Fiel a ese criterio, Fidel emprendió en el año que expira, con la adarga al brazo, un nuevo recorrido internacional. Su brújula lo llevaría a cerrar filas con aliados naturales que, como Argelia, Irán, Malasia, Qatar, Siria y Libia, integran junto a Cuba el Movimiento de Países No Alineados y se mantienen fieles a sus principios fundacionales. A esas tierras de culturas milenarias de África, Medio Oriente y Asia, llegó Fidel en el mes de mayo. En ellas evocó la historia pero no como un simple ejercicio académico del que ha leído mucho, sino como el activo protagonista que sabe que los problemas de hoy nacieron en el pasado, que la explotación y el odio racial, el subdesarrollo y las desigualdades de hoy tienen su génesis en la conquista y colonización. Entrado el verano, partiría hacia tierras bolivarianas donde apenas llegó, reiteró un deseo martiano: "Déme Venezuela en qué servirla: ella tiene en mí un hijo". Allí, festejó sus 75 años, ocasión en la que en una prueba de su visión de futuro nos legó en sus palabras de aniversario el compromiso irreductible de que hay que concluir la obra iniciada por Bolívar y por Martí y que, en simbólico gesto puso en manos del nuevo Caupolicán latinoamericano, Hugo Chávez.
Días más tarde, partió hacia Durban donde participaría junto a otros jefes de Estado y de Gobierno en la III Cumbre contra el Racismo y donde hizo un alto para ir a visitar a su amigo Mandela, símbolo de dignidad y resistencia de África. Ya casi al finalizar el año, en la segunda decena de diciembre, se unió a sus hermanos caribeños para trazar juntos la estrategia de la integración. Un año es solo un brevísimo espacio de tiempo y para cualquier Jefe de Estado este tipo de viajes al exterior forma parte de su agenda de trabajo. Seguir a Fidel, sin embargo, se convierte para cualquier periodista en un reto porque más allá de las actividades protocolares, de las reseñas de órdenes o distinciones más que merecidas, de reportar objetivamente la repercusión de su presencia misma aquí o allá, está el hecho real y concreto de sentir que los principios que defiende, que los argumentos que utiliza, que las comparaciones históricas, que los alerta a errores pasados o presentes devendrán más temprano que tarde en una plataforma común para todos aquellos que luchan por la supervivencia de la especie humana. Al comenzar a redactar estas líneas como resumen de un año, advertí que lo más importante para el lector cubano era recibir una síntesis del pensamiento universal del Jefe de la Revolución cuando esta cumple 43 años. En Argelia, Siria, Libia, tuvo la posibilidad de evocar los más caros recuerdos del internacionalismo como gratitud eterna al legado africano en Cuba. La necesidad de la unidad, de la cooperación, la impostergable transformación de la globalización en un bien de toda la humanidad y no de unos pocos países ricos, la lucha contra la marginalidad y la exclusión social fueron, además, temas ampliamente abordados en su recorrido por tierras de esas naciones a las que lo unen un sentimiento de amistad y compromiso militante con la causa de su liberación primero y de su autodeterminación e independencia después. A la antigua Persia llegó por primera vez con la admiración del estudioso de la historia y con la confianza reforzada de que el pueblo iraní ha sabido sortear la hostilidad del Norte por el derecho irrebatible de defender su cultura y su identidad como nación.
En Qatar, encontró renovadas muestras del apoyo a la causa palestina y de la lucha contra el saqueo de nuestros pueblos tercermundistas. Ideas que desarrollaría en Durban durante la III Cumbre contra el Racismo. En aquellas jornadas sudafricanas, Fidel alertó sobre la perniciosa globalización del capitalismo que como dijo, hace desaparecer del mundo anualmente a más personas que la Alemania nazi de su época. El tema del racismo y sus mutaciones ideológicas, de la esclavitud de millones de seres humanos en el Tercer Mundo, la pandemia del SIDA, la tuberculosis, el paludismo, la terrible realidad de que la esperanza de vida en África Subsahariana es 30 veces menor que en cualquier país del Primer Mundo fueron ampliamente esbozados por el líder cubano, encontrando una enorme receptividad. Misiles cargados de justicia, dijo en alguna de sus intervenciones en Sudáfrica, serían la única manera de detener la explotación de los pobres por los ricos. Conceptos como el de la urgencia de desarrollar la conciencia, la moral, las armas de la verdad, el no renunciamiento al combate por la justicia social fueron temas constantes en sus visitas al exterior durante el año que concluye. En Malasia, Ciudad Bolívar y Margarita y también en su breve escala técnica en Lisboa procedente de Libia en viaje de regreso a La Habana, Fidel insistió en esos conceptos ya expuestos y arremetió contra el neoliberalismo como la forma más sofisticada del saqueo, más peligrosa y más costosa. En estos lugares, nuestro Comandante en Jefe, igualmente, se refirió a la responsabilidad de Estados Unidos en el actual estado de cosas del mundo. Recordó que desde sus propios orígenes como nación, estuvo presente allí la naturaleza agresiva y expansionista contra nuestros pueblos. En respuesta a preguntas de los profesionales de la prensa, habló del injusto bloqueo contra Cuba y por el cual, añadiría, nuestro pueblo tendría derecho a juzgarlos por genocidio. El tema de la integración como única alternativa para los pueblos latinoamericanos: O nos integramos o nos desintegran, diría en Santa Elena de Uairen, en Venezuela, durante el acto de interconexión eléctrica que le permitirá a este país suministrar energía al norte de Brasil. Idea que desarrollaría en isla Margarita durante la III Cumbre de la Asociación de Estados del Caribe y donde subrayó que ante los peligros que acechan a esa comunidad de naciones, lo más inteligente era ayudarnos a sobrevivir. Tampoco faltaron a estas jornadas internacionales del 2001 su orgullo más grande como estadista, la prueba de que la utopía es posible y que la Revolución Cubana, en medio de todas las dificultades y hostilidades de sus enemigos, logró en estos 42 años: crear la más grande de las riquezas con que sociedad alguna pueda contar, la del talento humano, la de formar un hombre dispuesto a los mayores sacrificios en bien de otros hombres. Con tales armas: la conciencia, la verdad, la justicia social, el internacionalismo y la solidaridad, anda Fidel por el mundo. No es casual que el presidente de Argelia, Abdelaziz Bouteflika, expresara al recibirlo en mayo último: "El mundo entero lo conoció en el `59 como Fidel Castro, pero en el 2001 sigue siendo el mismo hombre, con el mismo rigor, la misma integridad, la misma moral, el mismo enfoque, la misma presencia, los mismos ideales, tanto para el pueblo de Cuba como para la humanidad". Y hoy, cuando entramos victoriosos en el segundo año del tercer milenio, cuando todo nuestro pueblo está enfrascado en una colosal batalla de ideas que lleva como estandarte el ejemplo de los cinco héroes prisioneros del imperio, no es ocioso recordar aquellos versos de Pablo Neruda: "(...) esta es la copa,
tómala Fidel, está llena de tantas esperanzas, que al beberla sabrás
que tu victoria es como el viejo vino de mi Patria: No lo hace un hombre,
sino muchos hombres, y no una uva, sino muchas plantas: no es una gota,
sino muchos ríos: no un capitán, sino muchas batallas, y están contigo
porque representas todo el honor de nuestra lucha larga". |
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