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Cine Cien años con Marlene ROLANDO PÉREZ BETANCOURT El innegable talento de ella y las magias aplicadas por su Pigmalión, Josef von Sternberg, hicieron que hoy, al cumplirse cien años del nacimiento de Marlene Dietrich, su imagen siga cautivando a los nietos de aquellos abuelos que un día perdieron la cabeza por la actriz que mejor representó el estilo de una época. En sus inicios, Marlene cultivó unas formas imperantes en los cabarets de París y Berlín, suerte de mixtura andrógina a la que supo sacar provecho desde una figura a la que no podía considerársele precisamente de bella.
Unos pocos papeles secundarios en filmes sin importancia había realizado en su Alemania natal cuando Sternberg la descubrió, apoyada "con frío desdén" contra los bastidores de un teatro. Supo entonces el director que allí estaba su Lola, la femme fatal de El ángel azul, película de 1930 que bastó para convertirla en un mito cinematográfico de fama mundial. Desde que la conociera, el maestro Sternberg la fue transformando, porque tal como él escribiera, "las mejillas de Marlene ocultaban sus rasgos y los ojos se perdían ante tanta carne". Empeñado en convertirla en la actriz más seductora del mundo, en una devoracorazones sin par, le hizo bajar veinte kilos de peso, le sacó cuatro muelas para ahuecarle los pómulos, le cambió el delineado de las cejas, le pintó la boca en forma de corazón, le enseñó los modales propios de una diva y, lo más importante, manejó la luz y los ángulos de arriba hacia abajo (¡aquellas piernas mil veces exhibidas!), buscando impregnarle a la imagen atrapada en el negativo los fulgores de una mujer irrepetible. Finalmente ocurrió lo inevitable: el dios de la nueva figuración cayó rendido de amor ante su propia oración. Marlene de smoking y sombrero de copa, o esparciendo glamour desde sus ajustados vestidos negros o composiciones llenas de plumajes, Marlene demostrando una y otra vez que lucía arrebatadora bajo las órdenes de Sternberg, pero también trabajando con Billy Wilder y Fritz Lang y Orson Welles, porque hay que decir que conquistó el cine norteamericano y desde allí las pantallas del mundo como muy pocas actrices llegadas de Europa lograron hacerlo. En 1937 un Hitler fascinado por aquella rubia de ojos claros, exponente de sus ideales de raza superior, la invitó a regresar a Alemania y a disponer a su antojo de la industria fílmica de ese país. La Dietrich no solo se negó a prestar su rostro a los nazis, sino que se fue a actuar, cantar y bailar ante las tropas que luchaban contra el fascismo. Amó a los cuatro vientos y sin fronteras y retirada del cine se refugió en los espectáculos de cabaret, hasta mediados de los años ochenta, sin poder precisar nunca cuántas veces le habían hecho cantar, voz áspera y sensual, su clásico Lili Marlene. Al igual que Greta Garbo, su
amiga y rival, a la que ya en tiempos de odio llamaba "la
vikinga", pasó los últimos años de su vida escondiéndose de la
gente, en un apartamento de París. Sola y llena de deudas le cerró allí
las puertas a la vida en 1992, al tiempo que se abrían al vuelo las
ventanas de una leyenda humana y artística que todavía hoy, a cien
años, tiene mucho rollo por rodar. |
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