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Centenario de Pablo de la Torriente Brau Presente en la batalla de ideas LUIS SUARDÍAZ
A partir de la Protesta de los Trece de 1923, acción cultural de claro acento político-social, capitaneada por Rubén Martínez Villena, los jóvenes intelectuales más radicales dejaron bien sentado que no era posible transitar por la vanguardia artística, si no se tenía en cuenta la sociedad y sus conflictos. Pronto Julio Antonio Mella conmovería hasta los cimientos el viejo orden universitario, y todo el sistema de enseñanza porque su batalla no se limitó nunca a la Colina, sino que se extendió por todo el país. Los esfuerzos de los dirigentes obreros en busca de la unidad, y sobre todo, la creación del Partido Comunista en 1925, constituyen elementos esenciales en esa batalla no solo contra los desgobiernos de turno, desde el blandengue Zayas hasta el monstruoso tirano Machado, sino un propósito ferviente de rescatar nuestras riquezas en manos del capital extranjero, principalmente de los imperialistas norteamericanos y aun más, de considerar a la América Latina como el pueblo mayor que, sin descuidar sus características nacionales, debía unirse en un todo, como la plata en las raíces de los Andes, tal había enfatizado José Martí y para que el sueño de Simón Bolívar fuese fecunda realidad. En ese tormento se formó Pablo. No fue el primero en salir a la calle y escribir proclamas o enfrentarse a la temible policía porrista de Machado, pero siempre estuvo cerca de los apóstoles de la revolución y cuando pasó de la ficción literaria al palenque, de las fiestas deportivas a las trincheras lo hizo a plena conciencia y hasta el último aliento. Nacido en San Juan de Puerto Rico, en el húmedo invierno antillano, el 12 de diciembre de 1901 y muerto en combate en los campos de Majadahonda, el 19 de diciembre de 1936, apenas tres meses después de su incorporación a los escenarios de la Guerra Civil Española, orgulloso de ser nieto de Salvador Brau, es el tierno protagonista de un poema que su abuelo materno le dedica cuando apenas tiene ocho años, titulado Juan Pico de Oro, que parece destinado a tenderle una alfombra literaria al futuro héroe. Mucho se ha hablado, y debe seguirse hablando, de los aportes del Pablo hacedor de cuentos —como aquellos once que recogió en Batey en 1930—, de los giros nuevos en su novela refocilante Aventuras del soldado desconocido cubano, del lirismo que emerge de su prosa aun en los momentos de tensión, pero en este centenario no podemos emplear el tono menor para su estupenda literatura de servicio, pues si Pablo fue uno de los más altos periodistas de su tiempo y un corresponsal de guerra excepcional, el hilo conductor de sus escritos, como el de sus acciones, es el que nos lleva a la revolución social. ¿Qué otra cosa sino una denuncia valiente y escrita con relámpagos es su Realengo 18? Una comunidad expoliada le sirve para exponer el drama de todo el campesinado cubano cuyos empinados sitios orientales cabalgó como un nuevo Quijote de valerosa cordura. Así abordó los asuntos más candentes con absoluta seriedad y consciente de que servía a una causa y no a un editor o a su peculio personal. Sin embargo, jamás perdió el humor. Solía llegar a la casa de su amiga Nitza Villapol y pedirle con urgencia un bocado y como Nitza lo complacía con rapidez le llamaba "Cocina al minuto", de ese modo surgió el título de su conocido programa. Otra compañera de luchas, Conchita Fernández, entonces muy delgada, era llamada por él Concha Espina, que así se nombraba una literata española en boga. Un día viene la policía machadista a detenerlo mientras redacta un artículo y les dice que antes terminaría su trabajo. Le entrega las cuartillas a Tallet, le pide que lo envíe a la revista Carteles y que le remita el dinero a la cárcel, lo cual desconcierta a los sorprendidos policías. Quienes leen hoy sus artículos de "105 días preso", las peleadoras quinientas páginas de Presidio Modelo, sus crónicas y relatos de Peleando con los milicianos y esas biografías mínimas de los protagonistas de la serie del realengo Tierra o sangre —Juan Ramos, José Gil, Pichardo, Monguito...— y sobre todo el heroico mambí presidente de "la República del realengo", Lino Álvarez, podrá calar en su hondura. Sin alejarse de su montura, el escritor anota: "No hay imaginación más creadora que la del hombre inculto. Ellos son los que han suministrado siempre, fecundados por el miedo, el material para los grandes artistas de los tiempos" y para probarlo rescata leyendas de güijes y otras criaturas de la ensoñación. En el Informe Central al Primer Congreso del Partido Comunista de Cuba, en diciembre de 1975, Fidel, al evocar los días de heroico internacionalismo de la Guerra Civil Española, afirmó: "Nunca podremos olvidar que allí dieron su vida generosa hombres del calibre y la dimensión humana de Pablo de la Torriente Brau". Y ese calibre, esa pasión, esa dimensión humana no son, ni serán, presas del olvido. Su explosiva alegría, su llameante inteligencia, su sentido del deber y su militancia junto a los pobres de la Tierra hasta la muerte, son un legado precioso que nos alienta en esta batalla de ideas que libramos hoy. |
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