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12/12/2001
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Cercanía de Mendive

Esta tarde, el destacado pintor cubano recibirá, en Bellas Artes, el Premio Nacional de Artes Plásticas 2001

VIRGINIA ALBERDI

A nivel de imagen, Manuel Mendive es, en la actualidad, uno de los más reconocidos artistas plásticos cubanos tanto dentro de nuestro archipiélago como fuera de sus límites. Una obra como la suya da la idea de una voluntad puesta a toda prueba, de un carácter bien definido, de una elección intelectual y emotiva llevada hasta las últimas consecuencias.

De Mendive (La Habana, 1944) salta a la vista una vocación iconográfica que se relaciona vivamente con una identidad personal que pasa por la del más profundo tejido de nuestro perfil como nación. Su fijación con los íconos que habitan las fábulas y leyendas que trajeron los yorubas y bantúes arrancados de África hasta nuestra tierra no es superficial, sino asentada en su cosmovisión individual. El carácter dual de estas mitologías que juegan con los elementos circundantes, tierra-agua, aire-fuego, luz-sombra, bien-mal, vida-muerte, lo-que-vuela y lo-que-se arrastra, le permite un juego de figuraciones que se despliega en la tela entre colores y tonalidades contrastantes, que sustentan un dibujo pulcro, discernible, lleno de alegorías aparentemente fáciles y diáfanas, pero que ocultan los secretos de un quehacer filosófico en el cual cada afirmación se convierte en un nuevo acertijo.

Esos guiños a una sabiduría ancestral no requieren de ritos iniciáticos —ni en las artes visuales ni en los sistemas mágico-religiosos que subyacen en la iconografía mendiviana— para ser aprehendidos, o al menos, interiorizados desde el goce o la sorpresa, por el espectador. La maravilla de esos íconos resalta tanto por la rigurosa construcción metafórica de sus figuraciones como por una disposición temática que se entronca con el relato de la espiritualidad popular cubana. Como quien no tiene de congo, tiene de carabalí, visualizar cualesquiera de las imágenes de Mendive implica un diálogo, así sea inconsciente, con la imaginería (y la verbalidad) de un pueblo en el que las representaciones simbólicas de sus mitos persevera y penetra en los más variados espacios de la vida cotidiana, bajo todas las circunstancias. En tal sentido, Mendive se inscribe, a nivel artístico, como uno de los referentes de esa espiritualidad, de ese modo de ver y contar nuestros asuntos.

A todo esto habrá que añadir el hecho de que las imágenes creadas por el artista vienen a culminar una tradición de la modernidad plástica cubana, que tiene sus piedras sillares en el descubrimiento que hizo Lam del componente negro en nuestra cultura desde la especulación surrealista, y la desnuda pasión con que Roberto Diago asumió su condición de creador negro cuando en el arte de la Isla se debatía las representaciones nacionalistas en que desembocarían las vanguardias iniciales del siglo pasado. Sobre la base de estas fundaciones, se erige Mendive, yendo aún más a la raíz, dándole un sabor mucho más cercano al de la fabulación popular, revitalizándola con la conciencia de quien tiende un puente de comunicación directa entre la Madre África y la Hija Antillana.

Esto ha hecho que Mendive tenga una recepción considerablemente amplia en públicos de los más diversos estratos de nuestra sociedad, aunque, debo decirlo con toda sinceridad, siempre hay quienes, haciendo alarde de actitudes elitistas, lo traten de circunscribir a un espacio exclusivamente folclórico, cuando intentan explicarse por qué esa recepción vasta se conjuga con una cada vez más estimable valoración en los circuitos internacionales del arte.

Quienes rumian esas afirmaciones, debían considerar todo lo contrario: el extraordinario mérito de Mendive, a nivel de comunicación de su arte, consiste en que ha sabido interpretar, de un modo original y propio, una de las sustancias (no la única, por supuesto) de nuestra identidad y ha sabido transmitirla (tampoco es el único modo) de un modo auténtico a nivel foráneo.

Esta condición hace de Mendive ya un nombre imprescindible de las artes plásticas cubanas contemporáneas. Y fundamenta, con todo rigor, que se le confiera el Premio Nacional de Artes Plásticas 2001, galardón que merece todo el júbilo de las mejores fiestas.

12/12/2001

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