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12/12/2001
Portada de hoy

Crónica de un espectador

Dos cubanas al tiro

ROLANDO PÉREZ BETANCOURT

Si en Memorias del subdesarrollo el personaje de Sergio Corrieri, interesado por desentrañar realidades, atisbaba a través de un telescopio, en Miradas, de Enrique Álvarez, se trata de conducir esa percepción de una manera más generalizada. No por gusto aparece la referencia al clásico de Gutiérrez Alea y un catalejo es instrumento que va y viene de la mano a los ojos de los personajes.

De nuevo el conflicto entre los que se van y los que se quedan vuelve a ser sujeto en una película cubana. Por suerte, Álvarez parece haberse dado cuenta que el cine se realiza para que los espectadores lo vean y deja atrás conceptos de composición y densidades agobiantes que matizaron su primera entrega, La ola, para realizar ahora una película sugerente, tanto por los planteamientos como por la coherencia de sus proposiciones estéticas.

¿Cuántas veces un ser humano se propone volver a empezar después de no haberle dado la mejor vuelta a la vida? Esa es la urdimbre discursiva que teje Álvarez y que cierra con un final submarino de fuerte ofrecimiento alegórico. Final que, por supuesto, dejo al desentrañamiento del público, porque no está bien estropearle al artista, mediante una parrafada, lo que ha estado escondiendo a lo largo de su filme.

La protagonista de Miradas (Jacqueline Arenal) ha vuelto a Cuba luego de casarse con un extranjero e irse a vivir cinco años en un país escandinavo. Hermética, férrea, algunas de sus razones para el regreso se irán revelando, en tanto otros jóvenes atrapados en la incertidumbre del "irse" o el "quedarse" se mueven en su entorno. Conflicto de amores y dudas de donde emerge el personaje mejor trazado del filme, el padre de ella, un pescador (excelente Manuel Porto) que desde la sabiduría y modestia que a veces otorgan los años parece tener algunas respuestas.

Resaltan la dramaturgia y la cuidada visualidad de la cinta, a la que sin embargo, le faltan emociones. La explicación a esta frialdad en escenas incluso bien compuestas, pero sin la magia de lo vibrátil, pudiera encontrarse en un exceso de verbalismo en torno al reiterado "yo me quedé" y "tu te fuiste" y sus correspondientes variantes expresas.

Porque si de algo no se pudo sacudir del todo Enrique Álvarez, en este, su segundo filme, es de cierta carga literaria y juicios sentenciosos de los diálogos.

Una poética de la palabra que en hojas blancas puede funcionar, pero que unida a los artilugios del celuloide requiere de una química diferente. Todo lo cual resta, pero no decide a la hora de considerar Miradas como una entrega apreciable.

Nada, de Juan Carlos Cremata, aborda un tema en la misma cuerda que la anterior, el "irse" o el "quedarse", pero mediante una estética de la desmesura de la cual el director ya había dado muestras en sus cortos. Aquí el conflicto lo conforman una muchacha que trabaja en una oficina de correos (Thais Valdés) y personajes diseñados para representar una galería de conductas típicas.

Un buen día ella descubre que abriendo cartas y contestándolas puede hacerle la vida más llevadera a unos humanos que no conoce. Pero su propia existencia (trabaja poniendo cuños) es una monotonía y además ella está halada por los requerimientos de sus padres, allende los mares.

Pulsando el género de la comedia, Cremata recurre a la exageración y a la irrealidad del esperpento para armar un embrollo del caos y después lanzar su proposición ética: hay demasiadas razones para quedarse y dar la batalla por el mejoramiento.

La cinta es representativa de lo mucho que quiere incluir en su primer filme una mente pródiga en resortes imaginativos. Fotografías en blanco y negro trabajadas por el color, aceleraciones del ritmo como remedo de las comedias silentes, una persecución en vehículo antológica para el cine cubano, e incluso muy buenos momentos de lirismo, logrados en medio de toda esa atmósfera del astracán.

Pero también le faltan frenos al filme para evitar reiteraciones de subrayado, como esa escena del cartero, o sintetizar un poco las astracanadas, que, ya se sabe, funcionan, pero al igual que el melodrama, si te pasas, corres el peligro de ahogarte en tu propio llanto.

Pulimentos tras los cuales puede afirmarse que Nada entra al mundo del largometraje cubano por buena puerta.

12/12/2001

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