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11/11/2001
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Japón 5-Cuba 3 en mundial de béisbol
Convocar las potencialidades en el terreno

OSCAR SÁNCHEZ

Pudiera parecer exagerado, pero no estaríamos lejos de la verdad si afirmamos que la versión japonesa en el presente campeonato mundial, que se celebra en Taipei de China, ha enseñado el mejor béisbol que se ha jugado en los últimos años —diríamos en muchos años— en los torneos organizados por la Federación Internacional.

Es cierto que un juego, en el que los nipones derrotaron a la selección cubana por 5-3, es una pequeñísima muestra para amparar tal criterio. Sin embargo, cuando se analiza cada entrada y a los jugadores en busca de un fin colectivo, uno puede llegar a la conclusión de que el conjunto asiático, este por lo menos, llega con otra filosofía, capaz no solo de hacer su tradicional esquema a base de adelantar corredores sea cual sea el marcador, sino que también tiene los atributos necesarios para desarrollarse con ofensiva de fuerza.

Es bueno aclarar que pese a esta percepción, pensamos que Japón no es inalcanzable. Si nos referimos a la escuadra de la mayor de las Antillas habría que decir que, con todo y que los del Lejano Oriente son profesionales, le sobra atributos para vencer en ese nivel, y ya lo ha demostrado en ocasiones anteriores.

Solo precisar que para alcanzar a aquellos, es decir derrotarlos, hay que ir al terreno con todas las potencialidades y sobre todo expresarlas durante el desafío.

Y es que este Japón (apliquémosle el mismo razonamiento al elenco de Taipei de China) aprovecha cualquier resquicio que deja el adversario, pero, además, busca brechas según la situación del encuentro. En pocas palabras, cada inning es un juego. El desafío en que mantuvo su invicto en la justa mundialista fue un claro ejemplo. Veamos:

El abridor cubano en el capítulo inicial, después de dos out, boleó a Iguchi, se puso por debajo también frente a Takahashi y este lo aprovechó para darle jit, golpeó a Takano, y Abe se dio cuenta de que José Ibar tenía perdido el home. No se desesperó y consiguió el boleto y la primera del choque, en carrera forzada.

En el quinto, Ibar, amén de los dos jits que admitió volvió a mandar a Iguchi para la inicial, ahora con un pelotazo en la cuenta de dos strikes y dos bolas. Un buen imparable trajo la segunda de Japón, pero la tercera —la que se puso en circulación por dead ball—, llegó por un sencillo de poca fuerza, ante el relevista Vicyohondri Odelín.

Y en el séptimo, un error del torpedero Paret (primero de dos que cometió en el desafío), hizo que los asiáticos cambiaran su forma de hacer. Odelín no les estaba permitiendo las libertades que dio Ibar, merced a su descontrol, y tampoco podían conectarle con solidez, por lo cual, con el hombre en segunda por error, sin out y con ventaja de tres, fabricaron la que iba a pesar, pues obligaba al adversario a no arriesgarse con variantes de jugadas. Un primer sacrificio llevó a Takano hasta tercera, y un segundo —a modo de ¡squezze play suicida!— le abrió las puertas del home, ante el desconcierto del receptor Rolando Meriño, quien debió buscar el primer out sobre el corredor y no con el bateador.

En resumen, dos boletos, dos pelotazos y un error le dieron a Japón tres carreras y el encuentro se decidió por dos.

Por supuesto, no queremos decir que no lo ganaron o que lo perdieron los cubanos, entre otras cosas, porque hay otro elemento, a nuestro modo de ver decisivo y fue el pitcheo. Tanto el abridor Katoh, como los relevistas Kubo y Shinohara, mostraron un amplio dominio técnico y táctico, basado claro está en una profunda observación del oponente y en el orden de las cualidades en un extraordinario control, sobre lanzamientos en recta de buena velocidad en los tres, bola de nudillos, sobre todo en el primero y segundo y una "sinker asesina" en el tercero.

Sume a ese importante aspecto de juego, que los japoneses del nuevo milenio poseen una ofensiva integral, que le permite apelar a la fuerza, o a tirarle duro a la bola y al propio tiempo desarrollar la velocidad en función del ataque haciendo mover al cuadro rival.

Agregue que ya no son jardineros de pocos brazos y su defensa roza la perfección.

Por lo tanto hay que jugar el mejor béisbol que se tenga para vencerlos, y repito, Cuba lo tiene desde hace mucho. En el choque de marras, apeló a su concepto de ofensiva grande, y no es criticable, porque a decir verdad si no logró vencer con ese estilo fue por las brechas abiertas, ya comentadas, y además, por la anémica labor de su cuarto y quinto bates, Orestes Kindelán y Antonio Pacheco, que se fueron de 8-1, con cinco ponches entre ambos.

Pero arriba de eso, y dando por descontado que un día malo, máxime ante un pitcheo de excelente faena, lo tiene cualquiera, la ofensiva perdió un momento crucial en el duelo. Ya a la altura del cuarto episodio Katoh se presentaba como un hueso duro de roer, sin embargo, tuvo su primer desliz, que se esfumó al sacar de circulación en segunda base y sin out (en orden Omar Linares, Pacheco y Kindelán) a Luis Ulacia, sorprendido en la intermedia, luego de haberle pasado lo mismo en primera base hacía solo unos minutos, cuando intentó el robo, que pudo conseguir gracias a la demora del inicialista.

Si el lanzador está dominando, pero además, demostró que se vira casi exacto, había que jugar quieto. La razón la dio Linares con un jit que pudo ser impulsor.

En este nivel de béisbol hay que desarrollar el juego táctico a su máxima expresión, porque a las tres anotaciones niponas que comentábamos, podríamos agregarle esta otra posibilidad de haber marcado en la pizarra.

Quisiéramos insistir en que la dirección cubana continúa manejado bien a sus peones y en consecuencia su estrategia. Agregar también que Odelín lanzó magistralmente en su debut mundialista ante un grande, lo que da la medida de las potencialidades de este equipo, y nos permite darle la condición de más destacado de su equipo en el difícil partido. Por los japoneses, nos inclinamos hacía el abridor Katoh y el cuarto bate Takahashi.

11/11/2001

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