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Un aplauso teatral para Adolfo AMADO DEL PINO Para los más, Adolfo Llauradó representa uno de los rostros emblemáticos del cine cubano, pero este gran actor fue también, y acaso sobre todo, un hombre de teatro. Ya en la ahora lejana década de los sesenta se destacó en espectáculos como Recuerdo de dos lunes, de Arthur Miller, y en 1966 compartió con Vicente Revuelta el protagonismo de La noche de los asesinos, un suceso inolvidable de nuestra vida escénica. En los años ochenta, en plena madurez interpretativa, dio una lección de talento y sensibilidad con En el parque, junto a Alina Rodríguez. El abanico histriónico de Adolfo abarcó desde un clásico cubano como El becerro de oro (puesta de Suárez del Villar) hasta su Leonardo único, de Bodas de sangre, punto culminante del ciclo lorquiano de Berta Martínez. Sobre las tablas Llauradó sobresalió por su poderosa imagen, la credibilidad de sus caracterizaciones y su estilizada cubanía. Esta última virtud se hizo peculiarmente visible en Morir del cuento, escrita y dirigida por el maestro Abelardo Estorino. En tiempos en que abundan los desniveles en las actuaciones de nuestro teatro, despedir y recordar a Adolfo desde los escenarios resulta un aplauso doblemente inaplazable. |
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