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Asalto y toma de Guáimaro Un triunfo de las armas cubanas PEDRO A. GARCIA En San Antonio de Blanquizal se reunieron. El Generalísimo le explicó a su viejo compañero de armas, Calixto García, su estrategia para la toma de Guáimaro: a este le tocaba asediar la importante plaza; entretanto, el dominicano campearía cerca de la ciudad de Camagüey con su caballería para impedir la partida de cualquier refuerzo; los tuneros harían lo mismo en su zona.
Esta plaza fortificada contaba en 1896 con el fuerte Mella, en el este. Detrás de una cerca de alambre de siete pelos, el fuerte #5 custodiaba el camino a Tunas. El noroeste lo cubría el Fuerte Bens; al camino hacia Camagüey, el Fuerte Catá, y el oeste, el Fuerte Paloma; al sur, vigilaban los fuertes Tarragona y Serrano, en esa dirección, un poco más al este, el Monje. Súmenle a esto, ya dentro del poblado, el Cuartel de infantería, el hospital fortificado y la iglesia parroquial, fuertemente artillada. Contra tal potencial, Calixto opuso 2 000 valientes infantes y jinetes, dos piezas de artillería y varios de los más renombrados generales del campo mambí: Jesús Rabí, Agustín Cebreco, Lope Recio, José Manuel Capote. LA BATALLA El 17 de octubre de 1896, a las 9 de la mañana, un cañonazo dio comienzo a la batalla. La artillería mambisa, en una serie de ininterrumpidos disparos, se ensañó con el fuerte Mella; las demás fortificaciones eran asediadas por la fusilería. El General García dio la orden de asalto al entonces coronel García Menocal, quien avanzó al frente de la tropa. Solo 10 minutos bastaron para tomar ese enclave. En las mismas trincheras españolas se asentó una pieza artillera cubana. La posición del lugar era idónea para martillar sobre el sistema defensivo de la plaza. Ante tal ventaja, Calixto comunicó a los integristas que la población civil debía abandonar la localidad. Más de 30 familias se acogieron a la propuesta del estratega insurrecto. En los días siguientes, los artilleros cubanos se concretaron a destruir lentamente los fuertes Paloma y Tunas. La falta de municiones para los cañones obligó a los mambises a un prolongado asedio de más de una semana. Los españoles confiaban en la llegada de un refuerzo que nunca pudo partir, pues Camagüey y Tunas estaban continuamente hostigadas por los independentistas. El 26 de octubre, Calixto pudo contar al fin con el abastecimiento esperado. A la mañana siguiente, se reinició el cañoneo. Los fuertes Tarragona y Monje no pudieron resistir el embate artillero seguido de la oleada de arrojados insurrectos que se lanzaron a tomarlos. Las guarniciones de Paloma, Bens, Serrano y Catá se rindieron incondicionalmente. Igual suerte corrió el Fuerte Tunas. Los últimos reductos de resistencia, la iglesia artillada y el Cuartel de Infantería, cayeron en la madrugada del día 28. Según el oficial y cronista mambí, Aníbal Escalante Beatón, los insurrectos se apropiaron de 200 fusiles y más de 100 000 tiros, además de ropa, calzado y víveres en general. El 30 de octubre, Calixto ordenó evacuar la plaza conquistada. Relataría Escalante: "La dinamita y el pico diéronse a la labor destructiva (...), lo que antes fuera una agrupación de edificaciones alineadas se convirtió en un montón informe de ruinas que de nada podrían servir al enemigo (...), un montón de escombros incapaz de servir de objetivo militar alguno". OTRAS PLAZAS TOMADAS Después de esta victoria, Gómez y Calixto decidieron asaltar nuevamente la plaza fortificada de Cascorro, que desde el mes anterior se resistía a los mambises. José Manuel Capote y su gente se dedicaron a hostigarla continuamente, mientras otros insurrectos dificultaban la marcha del general integrista Jiménez Castellanos, quien fue con su columna en auxilio de los sitiados. Ni aún con esa tropa de refuerzo pudo España sostener la plaza. El 5 de noviembre, Jiménez Castellanos abandonó Cascorro al frente de su columna, tras incendiarla, y enrumbó a Nuevitas. En el camino, el hostigamiento mambí le hizo más de 200 bajas. Poco después también tuvieron que retirarse del puerto camagüeyano. Como se afirma en la historiografía cubana, estas acciones demostraron la capacidad y organización del Ejército mambí. Se le demostró a España, argumentaba Escalante Beatón, la fortaleza de las armas cubanas y que la Revolución independentista se hallaba en todo su vigor. Por aquellos días, Calixto escribiría a Máximo Gómez sobre la victoria de Guáimaro: "A usted se le debe el triunfo, porque me aseguraba que se tomaba y yo no lo creía. Gracias por la gloria que le debo". |
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