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 del lenguaje
• Cuando tenía treinta y pico de años, comencé una inolvidable relación amistosa con un nonagenario, Bernardo Figueredo, que muy joven, había sido uno de los secretarios de Martí. Pasábamos horas hablando, estudiando; comentábamos cuanto leíamos. Esa amistad ha sido una de las experiencias más valiosas en mi larga vida. Por temor de que se perdieran sus recuerdos, hablé con Cleva Solís para que Cintio Vitier y Fina García Marruz lo entrevistaran. Lo hicieron; pero según supe, él olvidó algo acerca del Maestro.
—Sostenía las enes finales como los colombianos —aseguraba, y para ejemplificar, me decía invariablemente tres palabras: atenciónn, luchabann y moríann.
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