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Naipaul o la escritura (¿post?)colonial PEDRO DE LA HOZ
Un día antes de que se proclamara el Nobel, un prestigioso intelectual de Antigua, Héctor Tim, comentaba en La Habana: "Naipaul es el típico caso del hombre de letras escindido: de una parte ha logrado una verdadera hazaña desde el lenguaje, quizá sea uno de los que haya logrado, como nadie en esta época, recrear nuestro idioma, pero de otra ha contribuido, quizá como ningún otro eminente intelectual caribeño, al vaciamiento de nuestra memoria, al encarnar los complejos típicos del escritor postcolonial". En los textos de iniciación —leí con fruición hace algún tiempo la novela El sufragio de Elvira (1958) y, mucho más, los relatos de Miguel Street (1960)—, el escritor trató de responderse a sí mismo qué lugar le correspondía en una ventura humana de sucesivos transplantes e hibridaciones, en la que conceptos como identidad y desarraigo quedaron problematizados, con suma agudeza, sin la más mínima concesión a las fórmulas reduccionistas que confunden la literatura con la sociología. Naipaul acababa de egresar de Oxford, estudios universitarios que la metrópoli colonial costeó mediante una beca, y nunca más, salvo para sus incontables viajes que le han dado fama de trotamundos, abandonaría su residencia en Inglaterra. Eran tiempos difíciles, en los que ganaba la vida haciendo una oscura labor en el servicio internacional de la radiodifusora BBC. Ese estado de ánimo marcó el humor negro de su producción de la época, especialmente Una casa para el señor Biswas (1961). Pero en la medida que fue creciendo su reconocimiento como escritor y la crítica comenzó a señalarlo como una voz singular en la literatura británica contemporánea, Naipaul, que también se dedicaba al ensayo y a las crónicas de viaje, vertió su carga cínica contra la imagen que se había hecho de él mismo y le halagó que lo tomaran como ejemplo de superación de los atavismos "regionalistas" supuestamente evidentes en aquellos escritores procedentes de las antiguas colonias. Naipaul no era como ellos, exaltadores de la condición insular, críticos del sistema en el que mal que bien circulan sus producciones y hallan legitimidad. Nada que ver con Derek Walcott, Kamau Brathwaite o George Lamming. Su más reciente éxito literario, Beyond belief (1998) fue calificado por el profesor norteamericano de origen árabe Edward W. Said, una de las más serias y lúcidas voces disidentes del hegemonismo unipolar, como una "catástrofe intelectual". En ese libro, Naipaul pinta un retrato sombrío y corrosivo de los pueblos no árabes que han adoptado el islamismo, a los que reprocha haber optado por la desnaturalización y el atraso cultural. Naipaul ha hecho su propia
elección. Vale la pena leer su prosa y admirar sus sólidas
construcciones literarias, su impecable manera de borrar las fronteras
entre ficción y ensayo periodístico. Vende y brilla. Le sobra talento y
para él esto es más importante que el alma. |
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