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Céspedes y el origen de nuestras concepciones revolucionarias PEDRO A. GARCIA Años antes de que llamara al combate la campana de La Demajagua, Félix Varela, el que nos enseñó primero a pensar en la Patria, predicaba que la independencia era el destino irrevocable del pueblo cubano —lograda con nuestros propios esfuerzos, sin injerencias externas—, pues nada podía esperarse de España sino más tiranía.
Confiado de que otros continuarían la lucha por la independencia, solía decir a sus discípulos que él había iniciado el desbrozo de la selva del coloniaje español para abrir el camino de la emancipación, "y como no tengo machete (...), ni el hábito de manipularlo, desearía que los que tienen ambos emprendieran de nuevo el trabajo". El 10 de Octubre de 1868, Carlos Manuel de Céspedes sería quien empuñaría el machete por el que clamaba el presbítero. LA DEMAJAGUA Céspedes fue algo más que el Hombre de la decisión, única faceta suya que nos describen algunos cronistas e historiadores. Es también el Hombre de pensamiento, quien le aportó, desde su mismo nacimiento, un carácter de Revolución social al movimiento independentista. Como acertadamente señala el historiador Rafael Acosta de Arriba, con el Héroe de La Demajagua estamos en presencia de un independentismo de nuevo tipo, que persigue la separación política de España "sin condiciones, mediante la lucha armada contra el colonialismo español, con la abolición de la esclavitud como su primera e insoslayable tarea". En el Manifiesto del 10 de Octubre, dado a conocer en La Demajagua el mismo día en que los hacendados allí convocados liberaban a sus esclavos, junto a la declaración de independencia y la explicación al mundo de por qué los cubanos se veían obligados a tomar las armas contra el Estado español, se anunciaba el carácter antiesclavista de la insurrección. Al inicio de la guerra fue cauteloso y a fin de lograr la adhesión de los terratenientes occidentales a la causa revolucionaria, solo se refirió a una abolición gradual e indemnizada. Un repliegue táctico para crear un frente unido contra el colonialismo español —la independencia, ante todo, es el objetivo supremo—, que nunca prosperaría en la práctica, pues los hacendados del oeste nunca irían a la guerra. Pronto se percataría de ello y volvería a abogar por las posiciones abolicionistas radicales que siempre había mantenido. "Cuba libre es incompatible con Cuba esclavizada", afirmó más de una vez y su firma rubricaría el decreto de la República de Cuba en Armas que en 1870 emanciparía totalmente a los esclavos. Al igual que Varela, el Padre de la Patria iba más allá de la simple abolición. En el gobierno mambí del Bayamo libre, designó a cubanos negros y mulatos como funcionarios. En el Ejército Libertador, aplicó una política democrática de ascensos basada en los méritos personales y muchos descendientes de africanos y combatientes de origen humilde llegaron a alcanzar altos grados. Hijos de aristócratas vieron como cosa natural el mando de un Maceo, un Moncada, un Crombet. El Hombre que alzó todo un pueblo, en un movimiento nacional que integró a hombres libres, blancos, mulatos y negros, de distintas clases y diversos sectores sociales, también consideró la cultura como un arma. Antes del 68, en Bayamo y en Manzanillo, creó sociedades musicales, organizó funciones teatrales y clubes de ajedrez. Y como no había literatura disponible, tradujo del francés libros sobre el deporte ciencia para los jugadores. En su "exilio" de San Lorenzo, se le vio enseñando a leer a los campesinos o mostrándoles los tortuosos movimientos del alfil y la elegancia del enroque. Nunca abandonó su tan apreciado tablero escaqueado, con el que libró encuentros hasta el día de su muerte. VIGENCIA También Céspedes es el Hombre de la intransigencia. "Estamos dispuestos a luchar y pelearemos aunque sea con las manos", expresaría a Francisco Vicente Aguilera antes del alzamiento. Y en los momentos aciagos de Yara, cuando se quedó con un puñado de hombres, afirmó que estos eran suficientes para seguir la lucha y alcanzar la independencia. Su combate contra el colonialismo es hasta las últimas consecuencias. Cuando no pudo defender su querido Bayamo de las tropas españolas, prefirió verlo convertido en cenizas. No debemos extrañarnos que en otro momento de la contienda, dijera: "La guerra es el deber de todo ciudadano mientras la tiranía holle una pulgada de Cuba". "Nuestro lema invariable
es y será siempre Independencia o Muerte", había pregonado en La
Demajagua y reiterado en su célebre carta al político norteamericano
Charles Sumner. Actitud que mantendría hasta sus últimos instantes en
San Lorenzo y cuyo eco resonaría en la voz de Maceo en Baraguá, en la de
Martí cuando expresaba: "Solo con la vida cesará entre nosotros la
batalla por la libertad", en el Patria o Muerte con el que mantenemos
hoy vivo su ejemplo de revolucionario y nos proclamamos sus más fieles
discípulos. |
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