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El estreno de una conquista MARIA JULIA MAYORAL Finales de 1976. La nación entera vivía momentos de conmoción. El 10 de octubre de ese año —apenas unos días después del vil acto terrorista en las cercanías de Barbados—, al cumplirse 108 años del inicio de nuestras guerras por la independencia en La Demajagua, 5 millones 382 304 compatriotas confirmaban su decisión de Patria o Muerte en el secreto de las urnas.
Las primeras elecciones del Poder Popular en el país en 1976, tuvieron como antecedente la experiencia desarrollada en la provincia de Matanzas dos años antes. Por vez primera en la historia de Cuba, para acceder al poder, no hacían falta riquezas ni maquinarias políticas de partidos electorales, bastaban la decencia y los méritos ciudadanos. En la mayor de las Antillas había llegado el momento de darle una estructura completa y definitiva al Estado socialista, con el mismo método que condujo al triunfo de 1959 y había empleado el Gobierno Revolucionario casi 18 años de profundos cambios sociales y tenaz contienda contra toda clase de enemigos. Nuevamente correspondía al pueblo decidir. Múltiples informaciones aparecidas en las publicaciones diarias recogen cómo desde antes, en la segunda quincena de agosto de 1976, más de 4 millones de cubanos en reuniones vecinales escogieron por primera vez, de forma soberana y entre ellos, a quienes consideraban con mejores condiciones para ocupar los puestos en la base del gobierno. En ese ejercicio democrático fueron postuladas más de 30 000 personas, representativas de los mejores valores del pueblo. Nunca antes obreros, estudiantes, campesinos, profesionales universitarios, amas de casa, maestros, combatientes... habían tenido semejante oportunidad. Sus fotos y reseñas biográficas inundaron nuestros barrios. Los CDR, con su indiscutible arraigo, y la ANAP (Asociación Nacional de Agricultores Pequeños) ayudarían luego, en el mes de septiembre, a conocer mejor la trayectoria de los postulados mediante la lectura de sus datos personales. Las mujeres ponían todo su ingenio para adornar las cuadras y las fachadas de los inmuebles donde ocurrirían las votaciones; mientras los escolares esperaban con ansiedad el día de estrenarse como custodios de las urnas: no volverían a repetirse jamás las tristes imágenes de las bayonetas y la farsa electoral. Ninguna de las organizaciones revolucionarias dejó de participar en el acontecimiento. La Federación de Mujeres, los Comités de Defensa de la Revolución, la Central de Trabajadores y la Asociación de agricultores pequeños convocaban a sus miembros a ejercer su derecho ciudadano a proponer y elegir a quienes podían servir mejor al pueblo. Informaciones publicadas en aquellos momentos revelaron que más de dos millones de federadas trabajaban en el embellecimiento de los locales y poblados, a la par que cerca de 33 mil grupos (unas 140 mil mujeres) se habían organizado para ir explicando casa por casa detalles de aquellos primeros comicios verdaderos. Blas Roca, al frente del proceso electoral, como presidente de la Comisión Nacional, insistía en que las votaciones serían la confirmación jurídica de lo expresado en las asambleas de nominación y un momento decisivo en el ordenamiento de nuestro Estado revolucionario. Con su firma, el diario Granma publicó, días antes del sufragio, una exhortación a votar temprano por los delegados del pueblo. Ese domingo, 10 de octubre de 1976, amaneció lluvioso, pero aún así la gente salió de sus casas sin despuntar el día, formando largas colas a la entrada de los colegios. Al filo de las diez de la mañana, tres horas después de la apertura de los locales, ya había ejercido el sufragio el 30 por ciento de los electores. Escenas semejantes volverían a repetirse al domingo siguiente en las 2 837 circunscripciones donde ninguno de los candidatos había obtenido la mayoría de los votos exigidos por la Ley. Finalmente, mediante las dos vueltas resultaron electos 10 725 delegados, a quienes correspondió luego elegir a los primeros delegados provinciales y diputados, a principios de noviembre del 76'. El 95,2 por ciento de asistencia a las urnas y todo la labor previa desde la postulación de los candidatos, constituían pruebas irrefutables de que se trataba de una verdadera democracia popular, encontrando caminos propios para autoperfeccionarse. Tras poco más de tres lustros con estructuras provisionales en el Estado, establecer el Poder Popular constituía "una necesidad impostergable, un deber histórico y moral" de la generación de revolucionarios que había conducido a la victoria del 59', según sentenció el Partido (I Congreso, 1975). Fidel, en ese Primer Congreso partidista, había explicado por qué la Revolución no se apresuró en dotar al país de formas estatales definitivas. No se trataba simplemente de cubrir un expediente, sino de crear instituciones sólidas, bien meditadas y duraderas que respondieran a las realidades de la nación. En la aguda lucha por la supervivencia de los primeros años, el Gobierno Revolucionario estuvo obligado a concentrar en sí las facultades legislativas, ejecutivas y administrativas. Las circunstancias habían exigido actuar con celeridad para expropiar a los explotadores, dictar leyes revolucionarias e introducir radicales cambios sociales a favor del pueblo, enfrentando, al mismo tiempo, las sucesivas agresiones del imperialismo y la contrarrevolución interna. Creadas las condiciones, en los años 70, el ordenamiento legal e institucional tomó nuevo impulso, cuyo punto culminante fue precisamente la primera elección de los delegados y los diputados del Poder Popular y la constitución de sus respectivas asambleas, entre octubre y diciembre de 1976. Aquellos sufragios hace 25 años dieron expresión concreta a una concepción democrática, que no se termina en el acto electoral. Esa libertad plena para postular y elegir representantes dentro del propio seno del pueblo, estaría acompañada desde ese primer momento de otras prerrogativas aún más trascendentes. Todos los integrantes de los órganos del Poder Popular en los distintos niveles quedaron obligados a rendir cuenta de la gestión personal a sus electores y estos últimos recibieron la prerrogativa de retirarles el mandato cuando lo estimen pertinente. Se daba curso así a una relación permanente en la que unos y otros trabajarían por objetivos comunes, compartiendo en lo cotidiano las mismas realidades, la búsqueda constante de soluciones a los problemas y la toma de decisiones. No en balde los cubanos
identificamos nuestras elecciones del Poder Popular como un importante
momento de participación ciudadana en la vida sociopolítica del país;
una de las tantas conquistas que alcanzamos con la Revolución y ejercimos
por primera vez hace hoy justamente un cuarto de siglo. |
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