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pequeña pantalla Little Richard, el exorcismo y la nostalgia PEDRO DE LA HOZ Para quienes en esta Isla fueron adolescentes en la medianía de los 60, esos años verdeantes y huracanados, escuchar a Little Richard a estas alturas o admirar la escultura de un Lennon cotidiano en un parque del Vedado, implica muchas más cosas que un simple ejercicio de la memoria. Cada generación hace suyos determinados recuerdos para marcar su salida al mundo. La de hoy retendrá para siempre tribunas y discotecas, escuelas en el campo y la conciencia de haber nacido en un país libre, cual solamente puede ser libre, la de entonces arderá en el fuego de los cañaverales, la camaradería de las becas y el humo clandestino de una música que para ciertos espíritus era portadora de la esencia misma del diversionismo ideológico.
Un reflejo concentrado de aquellos avatares se nos mostró en la reaparición del espacio El cuento (Cubavisión, sábado, 9:30 p.m.), mediante la dramatización del relato Escuchando a Little Richard, de Francisco López Sacha. A diferencia de las novelas, los cuentos, decía Cortázar, deben ganar, si se apela al lenguaje boxístico, por nocao, nunca por puntos: síntesis argumental, elipsis, máximo poder de sugerencia, economía de medios; no decir mucho, pero hacer saber que detrás de lo dicho está casi todo. Ateniéndonos a esas claves, la versión televisual de Lucía Chiong, realizada por Charlie Medina, cumplió con las exigencias de la narración: entre el reconcomio de la nostalgia y el exorcismo de las miserias del dogmatismo y la incultura —hacer trizas el disco de Little Richard fue el símbolo de esas mutilaciones que nunca se olvidan y que, para suerte nuestra, no deben repetirse jamás—, la historia se definió con su carga de afinidades compartidas, solidaridades nacientes, emergencias eróticas e identidades en floración. Escuchar a Little Richard, a Los Zafiros, a Los Beatles funcionó como un llamado de atención acerca de la irrupción de una juventud que vivió —hablo siempre en términos de espíritu de cuerpo y época, no en el orden de las individualidades— tiempos difíciles pero hermosos, que escribió la épica que le correspondía, que abrió caminos sin detenerse, que se revolucionó a sí misma en medio de la Revolución. La puesta en pantalla se correspondió con la tónica del relato: sin decir palabra, Luis Alberto García reflejó la intensidad testimonial de las vivencias de un personaje que en la adolescencia, con un extraordinario dominio de la interiorización emotiva, plasmó Ariel Fundora. Acuciosa y reflexiva, la fotografía de Rigoberto Senarega contribuyó a subrayar y diferenciar atmósferas bastante bien ambientadas. A Escuchando a Little Richard
únicamente le traicionó el segmento final: luego de la escena de la foto
de los adolescentes de ahora junto a la escultura de Lennon, tomada por el
protagonista, no hacía falta añadir más, y menos un fragmento del
relato original que trataba de hacer explícito todo lo que se había
contado hasta el momento. ¿O es que acaso los realizadores dudaron de la
capacidad de recepción y entendimiento de los telespectadores? |
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