Creciendo bajo la lluvia
AMADO DEL PINO
Los que estuvimos en el
popular espacio de La Piragua al atardecer del último domingo, podemos
considerarnos unos privilegiados. El maestro Roberto Blanco —responsable
de tantos logros y certezas para nuestra escena— leyó una suerte de
balance del Festival de Teatro de La Habana, que más bien resultó un
poema en prosa de confirmación y crecimiento. Del nada despreciable dato
que informa sobre cuarenta mil espectadores participando de la fiesta,
Roberto pasó a recordar a Martí y —cuando ya la noche se instauraba
sobre el malecón— citar unas palabras que hablan de los lazos más
íntimos del alma nacional.
La estética teatral de Carlos
Díaz sigue inquietando.
Después, ante unas cinco mil
atentas personas, el grupo alemán Antagón presentó su espectáculo
Equinox terminal, un acercamiento extraverbal a las relaciones esenciales
del hombre y sus vínculos con elementos, sobre todo con el purificador o
agresivo fuego. La puesta en escena explota los recursos del teatro de
calle y aprovecha muy bien la tecnología para lograr espectaculares
imágenes. Esperé mayor concentración y tensión en la dramaturgia, que
las situaciones y el trabajo actoral fueron más allá del virtuosismo de
las composiciones. Con todo, hay momentos llenos de sentido y la
utilización de la música con sentido dramático resulta francamente
ejemplar.
El Festival que acaba de
terminar nació con la buena fortuna de no constituir un hecho aislado
sino insertarse en una larga e intensa temporada teatral.
Aunque la muestra extranjera
acusa serios desniveles de calidad, este año casi todos coinciden en que
puede hablarse de cuatro o cinco espectáculos muy respetables. Además
del lujo estético y hasta humano que significa la presencia de una
compañía como Antagón, el público y los especialistas premiamos —muchas
veces asediados por la lluvia— las funciones de Malayerba de Ecuador o
el unipersonal, tan solicitado y comentado, de Alvaro Solar.
En cuanto a la escena habanera
habría que detenerse en la diversidad que expresa el hecho de que fueron
aplaudidos dos montajes tan diferentes como Bacantes, de Buendía y
La Gaviota de Teatro El Público. En ambos casos dos importantes figuras de
la dirección entre nosotros —Flora Lauten y Carlos Díaz— la primera,
ratificándolos en su singular estética; el segundo dando un vuelco en
sus búsquedas.
El resto del país estuvo
también en el Festival, pero todavía sin el peso y la trascendencia
deseables. Aunque inacabado artísticamente El metódologo, de Teatro
Escambray, demuestra la vitalidad y la renovada coherencia de este
colectivo. Saludable es también el montaje santiaguero de Las criadas,
por la ambición creadora y el rigor de algunos elementos de la puesta.
Este comentarista sugeriría que en la ciudad Héroe, como en muchas otras
plazas, se piense más a la hora de escoger un título sobre las
posibilidades que tiene de dialogar con su público.
Otro de los logros de esta
fiesta de la escena se localiza en la promoción. Alegraba ver tantos
jóvenes con la programación —sobria pero abundante e impresa— por
las calles, escogiendo dentro del amplio menú teatral.
Ojalá y dentro de dos años
se produzca un salto en nivel artístico y organizativo al menos tan
rotundo como el que ha significado esta décima edición del Festival de
Teatro de La Habana.
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