Segunda intervención yanki en Cuba

PEDRO A. GARCIA

Ante los avances de la insurrección liberal, el señor presidente de la República de Cuba, Don Tomás Estrada Palma, estaba negado a cualquier tipo de diálogo. Inútiles habían sido las entrevistas que con él habían sostenido varios generales mambises (Menocal, Cebreco y Padró Griñán, entre otros) para que transigiera a una solución del conflicto.

Eran tiempos en que sobre Cuba pendía el oprobioso capítulo III de la Enmienda Platt, mediante el cual EE.UU. se arrogaba el derecho a intervenir en nuestro país cuando lo estimare necesario. Y a casi todos los cubanos les preocupaba una nueva ocupación yanki. De ahí las gestiones de Bartolomé Masó, ante los alzados, y Emilio Bacardí, ante los tabacaleros en huelga. No se le quería dar un pretexto al coloso norteño.

El señor presidente pensaba distinto. Mandó mensajeros a Washington para que se enviaran buques y tropas. Para acelerar el momento de la intervención, renunció a su cargo y dejó acéfala a la república.

El 19 de septiembre de 1906, los enviados del presidente de EE.UU., escoltados por una flota superior en naves y hombres a la enviada contra España en la guerra del 98, llegaron a La Habana. Diez días después, a las 12 meridiano, William Taft, secretario norteamericano de guerra, asumía el mando de Cuba. Comenzaba la tan temida segunda ocupación de nuestro país.

ANTECEDENTES

Unos meses antes, Don Tomás Estrada Palma se había reelegido presidente del país en una de las elecciones más fraudulentas de la historia de Cuba. Según confesión de Fernando Freyre de Andrade, "aparecieron" 150 000 electores más de los que tenían derecho a votar. El partido de oposición, los Liberales, ante tantas irregularidades, se retiraron de los comicios.

Como era de esperar, surgieron conspiraciones por todo el territorio nacional. Faustino (Pino) Guerra se alzó en armas en Pinar del Río el 16 de agosto. Le secundaron Ernesto Asbert, Loynaz del Castillo y Quintín Bandera, en La Habana, Eduardo Guzmán, en Las Villas.

Pronto los sublevados se contaban por centenares. Su principal demanda era la dimisión inmediata de los candidatos electos en las fraudulentas elecciones. Las fuerzas del gobierno iniciaron sus operaciones para reprimir el alzamiento. Al general Quintín Bandera lo asesinaron fríamente cuando solicitaba un salvoconducto para abandonar la lucha.

Los amotinados no se amilanaron por los continuos hechos de sangre del gobierno. Loynaz del Castillo encabezó la última gran carga al machete de nuestra historia y arrasó a las fuerzas del gobierno en el Wajay, el 14 de septiembre de 1906. La Habana quedó a merced de los sublevados. Y Don Tomás solicitó la intervención yanki.

LA SEGUNDA OCUPACION

Una vez al mando de Cuba, el secretario de Guerra de los EE.UU., William Taft, hizo desembarcar a casi 6 000 soldados yankis y los distribuyó por toda la Isla, principalmente en las zonas donde habían fuertes inversiones de capital norteamericano. La guardia rural fue puesta bajo las órdenes de oficiales estadounidenses y utilizada para la represión de la ciudadanía.

Para las ambiciones políticas de Taft, su lejanía de Washington se le antojaba peligrosa, por lo que nombró como su sustituto a Charles Magoon (octubre de 1906), aunque por disposición del Presidente de los EE.UU., la Isla seguía bajo supervisión de la Secretaría de Guerra.

Como señalara acertadamente el historiador Julio Le Riverend, la administración de Magoon se caracterizó "por la corrupción administrativa y despilfarro de los fondos públicos, satisfizo las ambiciones de los políticos deshonestos y burgueses nativos en general, desarrollando ampliamente la botella (recibir sueldo sin trabajar por una plaza)."

Magoon, según el historiador mencionado, "recibió el Tesoro cubano con unos 20 millones de pesos de reserva y lo dejó con deudas ascendentes a 11 millones (...) Para la construcción de 570 kilómetros de carretera —de pésima calidad—, se emplearon 13 millones de pesos, de tal forma que el precio de construcción por kilómetro fue 7 veces mayor al vigente de la época".

A la Iglesia Católica, se le entregó casi 2 millones de pesos como indemnización de bienes confiscados por el gobierno colonial español durante el siglo XIX, lo que era absurdo pues Cuba independiente no tenía que asumir tal deuda. Asimismo, las compañías azucareras se apoderaron de miles de hectáreas y se les entregaron concesiones a empresas mineras para que explotaran el subsuelo nacional.

La ocupación finalizó el 28 de enero de 1909, en que el nuevo presidente electo, José Miguel Gómez, tomó posesión de su cargo. En su proclama final, en nombre del Presidente de los EE.UU., Magoon declaraba que todos los decretos de su administración, todas las deudas y obligaciones contraídas durante su gobierno, tenían que ser reconocidos y satisfechos por la república cubana. Igualmente, todos los contratos adjudicados eran inviolables.

A los cubanos, parecía decirles Magoon, no les quedaba otro remedio que cumplir dócilmente. El fantasma de la Enmienda Platt, y su ominoso capítulo III, pendía sobre la soberanía de la república neocolonial.

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