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Crónica de un espectador

La Ley de Herodes

ROLANDO PEREZ BETANCOURT

Luego de volver a ver el filme mexicano La Ley de Herodes, ahora en salas de estrenos, cabe preguntarse cómo es posible que el jurado del último Festival del Nuevo Cine Latinoamericano no le haya otorgado uno de sus Corales. Y no por haber obtenido esta película de Luis Estrada 10 premios Ariel en su país y alzarse con el reconocimiento de mejor cinta latinoamericana en el Sundance Film Festival, y echarse además a cuesta otros lauros internacionales.

Los valores de La Ley de Herodes son demasiados evidentes como para que no se repare en ellos. Valores no solo por el polémico tema, sino integrados por una excelente fotografía que a ratos recrea una estética proveniente de la edad de oro del cine mexicano, y un guión del propio Estrada, que si bien a mitad del filme no puede evitar pequeñas complacencias reiterativas, está construido con la solidez del que emprende salida y llegada a puerto sabiendo muy bien lo deseado.

Cine como crítica social realizada sin tapujos, pero tampoco recurriendo al panfleto, cine porrazo contra un estado de cosas perdurable por los años de los años, cine alegórico, cáustico, recurriendo al tragihumor para referirse al caos, a la corrupción política y a la muerte por vía cruenta, todo eso y mucho más puede encontrarse en esta película.

En 1999 La Ley de Herodes tuvo una accidentada incursión en los cines de su país, ya que se estrenó, tomando por sorpresa a muchos, cuando todavía el anterior partido gobernante se encontraba en el poder. Censura y escándalo dieron un interés extra a esta cinta bien narrada a partir de la historia de un anodino encargado de basurero que es nombrado alcalde de un pequeño pueblo donde su anterior gobernante fue linchado "por hijo de la madre madre". Allí, tras el desconcierto inicial, aupado por sus superiores que le entregan un libro con las leyes de la República, "para ser aplicadas según convenga", y un revólver, el humilde hombre va descubriendo los pasos de un laberinto que gradualmente lo llevará al enriquecimiento y al despotismo.

Realismo frontal y obvias metáforas, que desde las realidades de la aldea adquieren dimensión nacional y hasta internacional, se dan la mano para elaborar esta sacudida artística, a todo tren por rieles del cinismo.

Un zarandeo que por supuesto no deja fuera las dependencias con el vecino del Norte, mediante un personaje que luego de brindarle un favor al protagonista, se le pega como una hiedra para tratar de cobrarle (a la manera de una deuda externa) mucho más de lo que sus mañas técnicas representan.

Un principio de filme y sobre todo un final tan sorpresivo como exacto en la dramaturgia que ha venido tejiendo, actuaciones de primera, con un estelar Damián Alcázar en el papel del alcalde que transita del nimbo santurrón a los más variados tintes del envilecimiento, y también Pedro Almendáriz y Delia Casanova, conjugando los muchos matices que demandan sus papeles, hacen de La Ley de Herodes una cinta para salir a buscarla.

Valores todos a los que se agrega la certeza de los realizadores de que no lloverían flores oficiales en los tiempos en que fue realizada.

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