Campaña de Alfabetización

Una familia de lápiz, cartilla y manual

En abril de 1961, Eduardo Montes de los Ríos decidió cerrar su casa en Santos Suárez y marchar con su esposa y tres hijas menores de 15 años por llanos y montañas a combatir el analfabetismo

PEDRO A. GARCIA

Edith Montes López llegó ese día agitada a su casa. "Estudiaba en el Instituto de la Víbora, estaba en tercer año de bachillerato, ese año lo aceleraron, terminó el curso adelantado, pidiéndonos que muchos fuéramos a alfabetizar, y yo al igual que mis compañeros queríamos ir, lo consideramos muy bueno, lógico, y se lo planteé a mi mamá".

ARNALDO SANTOS

Cuarenta años después, a mi pedido, Angela López González recuerda ese momento: "Como madre no podía poner objeción, le dije: mi'ja, está bien, si tú diste el paso al frente, yo no te pongo objeción, vamos a esperar a que tu padre venga y firme (la planilla tenía que ser con la aprobación de los padres), estamos todos de acuerdo, y te vas".

Eduardo Montes de los Ríos, el padre, interviene en el diálogo: "En el 61, desde finales de enero, estaba movilizado para el Escambray, vine a la casa en abril, de pase por 72 horas, y sucede el bombardeo a los aeropuertos y me llaman del batallón. Al regresar de Girón, me entero de que la niña quiere ir a la alfabetización".

Edith retoma la narración: "Yo estaba preparándome y llegó mi padre, se lo planteo, él me dijo que en realidad todos éramos revolucionarios y esto era una tarea muy bonita, estoy de acuerdo que tú vayas, vámonos todos, tus hermanas aunque son pequeñas saben leer y escribir y pueden ayudar, cerramos la casa y nos vamos todos".

Angela Montes era el miembro de menos edad en la familia, solo tenía entonces 9 años (su otra hermana, Elena, tenía 11): "Mis padres me sentaron, me explicaron las necesidades que íbamos a pasar allí, yo dije que iba a lo que sea, que quería enseñar al igual que ellos". Eduardo sonríe y agrega: "Cuando dije que me pusieran con mis tres hijas y mi señora, me decían: ¿pero tú te vas a ir con las muchachitas? Sí, yo quiero que ellas tengan ese mérito y que toda la vida recuerden que enseñaron a leer y a escribir. Y entonces nos fuimos".

REALIDAD GOLPEANTE

Eduardo propuso que los enviaran para el Escambray. "Era lo que yo conocía, pero no nos permitieron eso, nos mandaron a una granja tomatera, llamada Ismael Faure Conde, que era un mártir de la zona, en Peralejo, El Jíbaro, a 42 km de Sancti Spíritus y unos 5 km del Escambray, allí estuvimos desde que empezó la campaña hasta que terminó y regresamos a La Habana".

"Me nombraron jefe de un destacamento de alfabetizadores, 65 muchachos, incluyendo a mis hijas, las traté igual que a los demás, los varones los mandé a las fincas aledañas; y las hembras, en el batey, en el centro de la granja. Ellas vivían en una nave con piso de tierra, techo de guano y una mala letrina, había que pedirle permiso a un campesino, el único que tenía baño, para bañarse".

Angela, la madre, prosigue: "Teníamos un local, el piso era de tierra, el techo de guano, los campesinos nos trajeron bancos, nos adaptaron aquello, le pusimos la bandera cubana, vaya, nos pusimos todos en función de formar allí como una escuelita. Allí impartía clases dos veces al día. No había luz, de noche se daba clases con el farol".

Las muchachitas iban a las casas cercanas. "Le daba clases a una joven, no tenía ni 25 años, fue mi alumna más difícil", rememora Edith, "con 5 hijos en un bohío que se estaba cayendo, sin letrina, los niños desnudos, descalzos, llenos de parásitos y conjuntivitis, para entrar en esa casa había que pensarlo. A mí me golpeó mucho lo que vi allí y decidí que tenía que ser médico".

Ante tal situación la madre acudió a sus vecinos de La Habana: "A mi CDR envié una carta para que me mandaran ropa en buen estado, zapaticos, todo lo que hubiera para los niños y para los grandes —nos mandaron un cargamento de ropa y de muchas cosas—, porque verdaderamente estaban carentes de todo. Los niños llenos de lombrices, parásitos, una cosa muy dolorosa".

ALUMNOS DIFICILES

Para Elena, el caso más difícil fue el de un campesino, "padre de un niñito de 8 meses, él y su mujer eran muy jovencitos y mantenía a la familia. Tenía que caerle atrás, cuando enseñaba a la mujer, él estaba en el campo, después él no podía, no coincidíamos en los horarios. Así y todo se alfabetizaron".

Casi al final de la campaña, un hecho de sangre, protagonizado por un bandido contrarrevolucionario, los golpeó fuertemente. Relata Eduardo: "La noticia del asesinato de Manolito Ascunce llegó casi enseguida, reunimos a los alfabetizadores y al pueblo y hablamos con ellos, les prometimos que ninguno de nosotros se iba, nos mantendríamos allí hasta que se terminara la campaña. Nadie se ausentó, no hubo desertores".

DESPUES DE LA CAMPAÑA

Y vino el final de la campaña, cuando todos los alumnos le escribieron la carta a Fidel. "La despedida fue de llanto, tanto de las familias campesinas, como de nosotros mismos", asegura todavía emocionada la madre.

Las muchachitas regresaron a sus escuelas. Edith estudió Medicina y se graduó en 1969. Elena terminó el sexto grado, continuó los estudios y se licenció en Psicología. Angela (hija) se incorporó al cuarto grado. Hoy es abogada. "Yo seguí en mi carrera revolucionaria, como siempre", afirma la madre: presidenta del CDR, delegada de circunscripción, fundadora de las MTT. Eduardo volvió a ser trabajador bancario. Militante del Partido, asumió diversas responsabilidades y participó en decenas de movilizaciones. Se jubiló en 1991 con 68 años.

Y ahora, 40 años después, ¿volvería Eduardo Montes de los Ríos a llevarse a toda la familia para una campaña de alfabetización? "Ahora reuniría también, además, a los yernos y a los 6 nietos, y volvería a cerrar la casa y pediría ir al Escambray o a El Jíbaro. Con bandidos o sin bandidos, lo volvería a hacer".

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