Mayor General Juan Rius Rivera

Un puertorriqueño en los campos de Cuba

PEDRO A. GARCIA

Minutos después de las 4 de la mañana, vieron las luces del Cabo San Antonio. Una hora más tarde, desembarcaban en la ensenada de María la Gorda, en la bahía de Corrientes. Delante, como exploradores, iban César Salas y Panchito Gómez Toro, rifles en mano. A una orden del general Rius Rivera, los 35 expedicionarios comenzaron a descargar el alijo.
Traían para la tropa del Titán más de mil fusiles, 500 mil tiros, un cañón neumático de dinamita, aparte de medicinas y otros efectos. Una semana después, el 15 de septiembre de 1896, contactaron con ellos el general Pedro Díaz y su fuerza de unos 200 hombres. "Mañana al toque de diana saldremos en marcha hacia el Cuartel General de Maceo", escribiría Panchito en su Diario.

En la tarde del 18 de septiembre llegaron al campamento mambí bajo un torrencial aguacero. "Una vega destruida con casas de colgadizo aquí y allá, pintadas con cal, y también ranchos de tabaco", lo describiría el hijo del Generalísimo en sus apuntes. Abundaron los abrazos y las exclamaciones. Al acabar de cenar, el Titán les informó de un breve combate de los hombres de Pedro Díaz, ese mismo día, con los españoles en la playa de María la Gorda.

Unas horas para descansar. "El parque (traído por la expedición) está llegando poco a poco y dentro de poco saldremos (...) Aquí ha estado lloviendo mucho y sigue el agua", consignaba Panchito en su diario. El día 20, el General Antonio les reunió a todos, expedicionarios y veteranos de la invasión, para comunicarles su plan de ataque a un fuerte enemigo. Para dirigir la pieza artillera había designado a Juan Rius Rivera.

EL PUERTORRIQUEÑO MAMBI

Hijo de un emigrante catalán y una criolla de Mayagüez, el futuro mambí borinqueño nació en la ciudad natal de su madre el 26 de agosto de 1848. Durante la guerra del 68, abandonó sus estudios en España para incorporarse al Ejército Libertador cubano. Se enroló en la expedición del Anna y llegó a la Isla por el norte de Las Tunas (enero de 1870). Combatió bajo las órdenes de Calixto García, Vicente García, Gómez y Maceo. Se distinguió en numerosos combates; estuvo en la invasión a Las Villas (1875) y en la Protesta de Baraguá.

Durante la Tregua Fecunda mantuvo contactos con el dominicano y el Titán; al llamado del Partido Revolucionario Cubano, comenzó a organizar una expedición para alzar en armas a Puerto Rico (1896).

La situación interna en Borinquen no era propicia para un levantamiento. En coincidencia con el patriota Ramón Emeterio Betances, canceló ese plan y se dispuso a incorporarse a la insurrección en Cuba. Inicialmente estaba enrolado en la expedición del Dauntless (agosto de 1896), pero fue detenido por las autoridades estadounidenses. Al fin pudo partir en el Three Friends.

UN JIBARITO EN LA MANIGUA

Ya fuera al mando de la pieza de artillería o comandando tropas, Rius Rivera participó activamente en diversos combates como Montezuelo, Tumbas de Estorino, Ceja del Negro. "Es uno de los más brillantes generales del 68 y lo quiero a mi lado porque en cualquier momento que yo deje el mando de algunas fuerzas es el llamado a sustituirme", declaró entonces Maceo.

El 22 de octubre de 1896, el Titán lo nombró jefe del Sexto Cuerpo del Ejército Libertador. En un combate contra la columna integrista del general Hernández Velazco, cayó gravemente herido en marzo de 1897. El digno y caballeroso militar español le respetó la vida, al tomarlo prisionero, por lo que recibió fuertes críticas del capitán general Weyler.

En prisión, tanto en Cuba como en la fortaleza de Montjuich (Barcelona), no se doblegó ante las amenazas de muerte ni ante las ofertas para la deserción. De su actitud comentaría Máximo Gómez: "No se venden los que van orgullosos al sacrificio y todos saben responder como el valiente Rius Rivera a los ofrecimientos poco caballerosos de España".

EN LA PAZ

Con el cese de la dominación española en Cuba, Rius Rivera regresó a nuestro país, que también era su patria. Pinar del Río lo eligió como uno de sus delegados a la Asamblea Constituyente. En la república neocolonial, asumió relevantes responsabilidades, como administrador de la Aduana y secretario (ministro) de Hacienda y se destacó en ellas por su total honradez.

Decepcionado por la desunión entre sus compañeros de lucha, emigró a Honduras, de donde era originaria su esposa. Regresaba al archipiélago de vez en vez para departir con los veteranos mambises y, como solía decirse, "recordar juntos los momentos sublimes de la gloriosa gesta".

Falleció en la hermana nación centroamericana, el 20 de septiembre de 1924. Sus restos fueron trasladados a Cuba en 1958. El general Enrique Loynaz del Castillo escribiría entonces sobre él en el periódico El Mundo: "Cubano de excelsas y firmes convicciones, hombre de cuyos labios jamás mancilló una mentira, cuya honra nunca fue discutida ni la ambición jamás perturbó".

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