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 Christopher Dobrian Emoción, escena, espectáculo Pedro de la Hoz Unos prefieren embrollarse a fondo con las novedosas posibilidades tecnológicas, tomar el pulso al software más adelantado, hallar la suma del placer en la más insólita y desconcertante pirueta sonora.
Otros ven en las aplicaciones científico-técnicas medios de expresión para sacarse del alma y compartir con sus semejantes las visiones, preocupaciones y cuestionamientos que le asaltan. Son los que no creen en la música pura, sino felizmente contaminada con las más diversas estéticas y formas artísticas de comunicación.
A este último bando pertenece el compositor norteamericano Christopher Dobrian, interesado desde hace más de una década en los procedimientos creativos electroacústicos, quien asiste y prestigia por estos días con su experiencia profesional la Conferencia Internacional de Música por Computadora ICMC 2001, que se desarrolla en La Habana.
Profesor de la Universidad de California, en su sede de Irvine, promotor allí del Grassman Electronic Music Studio (GEMS), Dobrian, ha concebido y estrenado proyectos tan interesantes como Microepifanías (2000), una ópera digital, que apela a la emoción escénica tanto por la visualidad como por la percepción física de la música, y en fecha reciente estrenó en Grinnell, estado de Iowa, Muros invisibles, una obra para medios electrónicos computadorizados en vivo y danza.
Una de sus más favorablemente comentadas experiencias fue el trabajo que desarrolló con la artista Pamela Z., una californiana que se aventura en el llamado body art (artes plásticas concebidas a partir del propio cuerpo, una variante de lo que conocemos por performance), en este caso sobre la base de conectar a las extremidades de la artista sensores electrónicos para la generación de sonido.
A pesar de hallarse plenamente comprometido con los medios electroacústicos
—Dobrian ha ganado fama como investigador en las aplicaciones del sistema Max y del Yamaha Disklavier—, no desecha las posibilidades de los instrumentos convencionales.
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