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 FIESTA
ROGELIO RIVERON Algo se ha dicho ya sobre
La noche del aguafiestas (Editorial Letras Cubanas, 2000), de Antón Arrufat, novela que ganó el Premio Alejo Carpentier, del Instituto Cubano del Libro, en el 2000. Arrimo ahora mis apuntes al grupo de lo expresado, en la creencia de que una novela (una buena obra) termina siendo más que todas las opiniones sobre ella reunidas, incluida la del propio autor.
Antón Arrufat, que trata su prosa y su poesía con una humilde exquisitez, con una propensión al detalle, tanto en los temas que escoge, como en la manera de otorgarles autonomía en la escritura, se aparece ahora con un asunto ambicioso. Quiere, entre otras cosas, pintar la
conversación, el arte de la oralidad, con las armas de lo escrito. ¿No es, por ventura, una paradoja? ¿No debe la conversación quedar en el aire? ¿No es su esencia la nada o, acaso, el recuerdo inmediato y por tanto la tergiversación de lo que se niega a ser fijado en textos?
Así y todo La noche del aguafiestas implica una celebración de la oralidad. La implica, para que vean, de una manera a propósito angustiosa, puesto que, como Horacio, Arrufat conoce que la belleza de las palabras no es eterna.
"Hablamos para poseer lo que pensamos", dice uno de los personajes de esta novela devota del saber hablado. Lo dice y no esconde que esa posesión es efímera, pues dura lo que se tarda en decir una frase.
Me place en este libro el sentido de viaje, que, por supuesto, rebasa el ir y venir de los conversadores. Viajar es consumir, no solo espacio, sino tiempo: conversar es demorar el tiempo, rehacerlo con recuerdos, con nuevas perplejidades. Acertadamente, mientras conversan sus personajes, el propio Arrufat dialoga con sus fantasmas, tiende caminos hacia una tradición, homologada a veces; otras aplazada, pero presente.
Y no se olvida de contar, de dotar a sus contertulios con historias que dan risa, asombro, ganas de seguir leyendo.
Hay una Habana arquetípica que pende sobre los escritores cubanos. Su fuerza es tal, que cada uno la humedece con sus nostalgias y la moldea en lo que no ha sido, sino en la surrealidad del arte. Hay, pues, una Habana de Lezama, otra de Carpentier, otra de Eliseo Diego, otra de Leonardo Padura, otra de Abel Prieto. La de Antón Arrufat en
La noche del aguafiestas no es, como hubiérase podido esperar, una ciudad pasada. Arrufat no la evoca; la invoca, a veces directamente, otras de modo subliminal, pero logra mantenerla de cuerpo presente, vestida de noche (no de etiqueta), falsamente mansa, incorporada por obra de atmósferas a la forma de pensar del escurridizo aguafiestas y sus amigos de nombres como símbolos.
Con la ciudad como geografía subjetiva y palpable, con perplejidad y con lirismo, Antón Arrufat construye su catedral a la conversación. Es una obra que demanda atención, y cuyo premio es cierta añoranza, el deseo de volverse a conectar con la frase que la inicia:
"Pues esa noche, de paseo por La Habana..." Y ya estamos en la fiesta.
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