La mar

Del reposo a la furia

Emilio del Barrio Menéndez

El mar es una masa en perpetua agitación que cubre el 70,8 por ciento del planeta. Fuente de la vida y esencial para que esta continúe. En ocasiones es dulce y consuela. En otras colérico, terrible.

El Hombre, desde los albores de su existencia, comenzó a navegar, primero sobre troncos e impulsado por los brazos, después por pértigas, remos, velas, con energía producida por vapor, petróleo, material nuclear...

Siglos atrás no se navegaba por placer, sino por necesidad: sobre ríos y lagos primero para buscar sustento o para trasladarse de un sitio a otro, después se pasó a la mar, al inicio con los mismos fines y después con otros nuevos surgidos por el desarrollo de la humanidad: comerciar y guerrear.

Las embarcaciones se fueron mejorando, desde sus diseños para reducir la fricción de las aguas (resistencia al avance) y así ganar en navegabilidad y velocidad, la cual, a su vez, se fue favoreciendo con más remeros, velas e ingenios propulsores. 
A través de los siglos se ha perseguido reducir los tiempos de navegación para buscar economía. Hay un viejo y acertado refrán que postula que "el tiempo es oro".

Por los mares del mundo hoy navegan centenares de miles de embarcaciones, por no decir millones, de todo tipo, desde simples botes impulsados por remos y pértigas, hasta inmensos y veloces barcos de pasaje y de guerra, pasando por toda una gama de naves diseñadas y equipadas para diversos fines.

La velocidad que se alcanza hoy habría sorprendido a las mentes más soñadoras de inicios de este siglo: existen embarcaciones que desarrollan hasta 50 nudos, esas son pequeñas, ligeras y dotadas de motores de alta potencia que consumen carburantes especiales.

Es bueno recordar que un nudo es igual a una milla náutica 
—1 852 metros—, por lo que 50 nudos correspondería a 92,6 kilómetros por hora, velocidad extraordinaria para desarrollar sobre la superficie del mar. Se afirma que si una persona cae al agua de una nave que se traslade a más de 40 nudos, el impacto es mortal, es como si se proyectara a gran velocidad contra un muro de concreto.

Para alcanzar tal rapidez, se requiere de mucha mayor potencia en los motores, que la necesaria para obtener igual velocidad por un móvil en tierra. La razón de ello estriba en la resistencia ofrecida por las aguas, las corrientes marinas y los vientos, que por demás nunca son uniformes por mucho tiempo, varían con las condiciones hidrometeorológicas.

La mar, sí en femenino, que así la llaman quienes la aman, es muy veleidosa: salta del reposo a la furia en un santiamén, se encoleriza súbitamente y puede llegar a ser terrible cuando el viento la espolea fuerte y continuo.

De la calma chicha, cuando el mar es como un espejo y no sopla viento alguno, se puede pasar en muy breve tiempo a fuerza seis, lo que significa estar sometido a un brizote fuerte —30-40 nudos de velocidad del viento, que en tierra es capaz de fraccionar ramas de árboles y puede impedir caminar—, el cual produce moderadas olas altas —entre 12 y 20 pies—, de gran longitud y cuya espuma forma franjas bien definidas en la dirección del viento.

En este tipo de mar, una de esas embarcaciones ligeras de alta velocidad, e incluso mayores, lo más probable es que se hunda, las olas se la tragan aunque reduzca al mínimo la potencia de los motores y se ponga a capear el temporal a son de mar, como dicen los marinos. No hay salvación posible. El salto del reposo a la furia puede ser muy rápido.

Esas olas desde la cubierta de un barco mediano, con todas las de la ley, parecen montañas que se abalanzan sobre la embarcación con intenciones asesinas, cuando se rebasan se cae en el seno y la nave se deja de ver, parece que se ha perdido en la profundidad, hasta que vuelve a resurgir sobre el lomo de otra ola y así por mucho tiempo. En el ambiente se produce un sonido escalofriante que parece la esencia de todo lo terrorífico y misterioso que esconden las profundidades del océano.

Por supuesto, en un mercante de carga, pasaje o de otro cualquier tipo de 10 000 toneladas de peso muerto, por ejemplo, esas sensaciones no se sienten así. Para esos portes, y más si van bien cargados o lastrados, la fuerza seis no es peligrosa; pero si aumentan se puede pasar un verdadero sofocón. No olvidar que la mar puede sobrepasar la fuerza 12, la cual la constituyen vientos superiores a los 63 nudos y olas de más de 40 pies.

Personalmente he vivido varias de esas experiencias, la peor de todas fue en septiembre de 1978 en medio del Pacífico, a unas 300 millas del vórtice del fortísimo tifón Mamie. Fue a bordo del buque mercante Bolívar, de 15 000 t de peso muerto y cargado a tope, así y todo, lo vivido fue terrible, sobrecogedor, solo la pericia del capitán Cortina y el primer oficial Viera, salvaron la situación. Las aguas y el viento envolvían hasta el alma.

Cristóbal Colón, una vez describió de esta manera a un temporal: "Aquella mar fecha sangre, hirviendo como caldera por gran fuego". Y así, sin duda alguna puede parecernos la mar en medio de una tormenta.

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