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Desde Los Angeles

Hollywood, Marilyn y la guerra

Rolando Pérez Betancourt
Enviado especial de Granma

LOS ANGELES, California.— A lo lejos, por Hollywood Boulevard, veo acercarse a Marilyn Monroe, el andar cadencioso, su sonrisa amplia, el vestido de brillo destellando luces bajo una tarde tan soleada como aquella que hace casi cien años decidió a los pioneros de la industria del cine sembrar raíces en estas tierras, entonces baldías.

¡Marilyn! —exclama uno de mis acompañantes norteamericanos, señalando a la distancia.

MANUEL HENRIQUEZ LAGARDE   

Una vista de Hollywood Boulevard, hoy casi desierta.

Pero muy pronto, en la medida que ella se acerca, sabemos que no es la rubia de oro, sino una caricatura mala y algo marchita tratando de sobrevivir detrás de su cortina de cosméticos.

Marilyn ofrece retratarse junto a nosotros por un precio módico, lo mismo que luego lo haría un híbrido entre Batman y El Fantasma y un primo del pato Donald.

No diría nada nuevo al señalar que Hollywood es un mito entre los que algunos pudieran creer qué es y lo que realmente se encuentran.

Un mito, pero agradable, si se asimila en su gran avenida el estilo ecléctico, casi de muñequitos, y se piensa que por aquí transitaron los grandes y se ven sus estrellas grabadas en las losas de granito y también huellas de pies y manos en el cemento, frente al viejo Teatro Chino, que hace muchos años albergó la premiación de los Oscar:

Greta Garbo, Ingrid Bergman, Bogart, Nicolas Cage, Meryl Streep, Olivia de Havilland, rastros de todos ellos y también de ciertas sombras vivientes que por aquí pululan y se adivina fueron proyectos femeninos con malas pisadas en el glamour, o galanes ahora con espaldas dobladas y barbas de tres días, aunque sin desprenderse del pañuelo de seda en el cuello, quizá como un último aviso del náufrago que todavía cree en una mirada salvadora. ¡Oh, Hollywood, cuántas revelaciones para un crítico de cine que te ha aplaudido y criticado casi a lo largo de una vida!

Pero aunque aquí y allá pululan los turistas escandinavos y japoneses, es fácil apreciar que esta no es la Meca cinematográfica de siempre y que un clima de sobriedad transita la ciudad. Me percato al retomar los pasos por el Boulevard de las estrellas y volver a encontrar a Marilyn , ahora sentada en una mesa de café, al aire libre, ajena a su personaje, hablando con un sesentón , empeñado él en mantener su estilo beatnik de los años cincuenta.

Al pasar junto a la mesa, logro captar que Marilyn no se encuentra preocupada por su próxima película ni por uno de sus tórridos romances, esta Monroe, trabajadora de las calles de Hollywood , está alterada por los horrores ocurridos en Nueva York y Washington y por la posibilidad de que otro ataque "quizá un nuevo avionazo" — oigo que dice— trate de destruir este símbolo de la cultura norteamericano, donde ella cada día hace el pan de la vida.

Hollywood merece que con más tiempo —quizá ya en La Habana— se hable largo de sus revelaciones.

Ahora de nuevo rumbo a la ciudad de Los Angeles. En el camino, carteles gigantescos anunciando las más recientes películas. En uno de ellos, la última cinta de Arnold que trata de un ataque contra un edificio en forma de torre que los terroristas tratan de volar. Un tema demasiado sensible para ser estrenado en esta semana, según la fecha del cartel.

Antes de llegar al hotel, un alto en el observatorio Griffith para mirar las estrellas desde un gran telescopio. Desde aquí arriba se puede también abarcar con la mirada el impresionante paisaje iluminado de la ciudad de Los Angeles, la segunda más poblada de los Estados Unidos, precedida solo por Nueva York.

Decenas de personas contemplan en silencio ese océano de luces y largas carreteras. Al contrario de lo habitual, que es ver un transitar interminable de aviones, desde lo alto no llega más que el murmullo del viento.

Es en medio de este silencio sobrecogedor, inhabitual, que uno de mis acompañantes norteamericanos se aproxima a mi oído y susurra algo que recordaré durante horas, luego de dormir en la noche, despertar y escuchar por televisión la suspensión temporal del estreno de Arnold, y el rescate con vida de varios bomberos sepultados en los escombros de las torres gemelas, y la partida desde Los Angeles hacia Nueva York de nuevos perros especializados en el rastreo, y las palabras del Presidente de los Estados Unidos diciendo que estamos inmersos en la primera guerra del siglo XXI.

Y mientras oigo todo eso y mucho más, vuelvo a pensar en las palabras de mi amigo en medio de la noche silenciosa, muda, de Los Angeles: "Esta tranquilidad —me dijo él— se parece demasiado a la calma que siempre precede a la tormenta."

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