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En busca de la jerarquía escénica

Entrevista con Julián González Toledo, presidente del Consejo Nacional de las Artes Escénicas

Amado del Pino y Andrés D. Abréu

CAMILO DELGADO

Muy pronto, la próxima semana, La Habana se convertirá en una gran escena: teatristas de dieciséis países, incluido el nuestro, mostrarán sus obras en el X Festival Internacional de Teatro. Diversas aristas del evento fueron abordadas, a requerimiento de Granma, por Julián González Toledo, presidente del Consejo Nacional de las artes escénicas, por estos días inmerso en los preparativos del foro.

Si tuviera que escoger un elemento que singularice a este X Festival Internacional de Teatro de La Habana. ¿Por cuál se inclinaría?

—El rigor del proceso de selección de las obras participantes y la llegada al Festival después de un período de trabajo caracterizado por una sostenida presencia de temporadas teatrales dentro de una abundante cartelera; la presencia en el evento, concursen o no con obras, de todos los directores teatrales de nuestro país y la solidaridad de los artistas de muchas partes del mundo.

Según lo anunciado, a la cita que arranca el 21 de septiembre asistirá  un notable incremento en cuanto a presencia foránea. ¿Qué permitió este salto?

—Hubo una gran respuesta a nuestra convocatoria, lo que demuestra un gran interés de los teatristas por asumir el escenario de Cuba. Es importante destacar el hecho altruista de los grupos invitados que realizan una labor intensa de búsqueda de patrocinadores para llegar a ese encuentro con el público cubano, del que solo aspiran ganar el afecto y el aplauso valorativo de su arte.

¿Puedes mencionar algunos de los grupos que llegan a Cuba con una mayor resonancia artística?

—Antagón, una agrupación alemana con un espectáculo muy particular que logra el rechazo a la violencia desde la violencia. Pompas Urbanas (Brasil) que trae un trabajo impresionante, renovador y polémico; y Malayerba, de Ecuador, un grupo ya conocido aquí que presentará una excelente puesta.

En los ochenta se habló mucho de "festivalismo" para referir el contraste entre la vida diaria de la escena y estos días de fiesta. ¿Cómo ve hoy los vínculos entre la práctica teatral reanimada y los Festivales de La Habana o el Nacional de Camagüey?

—Se ha ido luchando por lograr coherencia entre la programación y el festival como gran banquete, porque exista y se vea teatro en todo el país y durante todo el año, con obras tanto para adultos como para niños. En el período preliminar a esta edición se pudieron retomar las giras nacionales, las obras premiadas en el Festival de Camagüey se movieron por diversos territorios, lo que dio continuidad a este festival nacional más allá de sus días de competencia. También aumentó considerablemente la cantidad de estrenos, así como la confluencia generacional y de tendencias estéticas sobre las tablas, se rescataron las temporadas teatrales. La calidad de las puestas mejoró gracias a la reactivación, aunque no hasta lo necesario y deseado, de la producción artística y de las condiciones en los teatros. Todo esto permitió que el proceso de selección para este Festival haya sido natural, sin campañas, a partir de una visión crítica de las puestas en escenas logradas de este proceso. Esta continuidad y este nexo entre programación y festival debe ser una aspiración y un reto a sostener por nuestro movimiento teatral.

Durante la pasada conferencia de prensa se desató la polémica sobre la competitividad dentro del festival ¿Pudiera ahondar en los criterios que sustentan esta polémica sobre si debe volverse o no a la etapa competitiva del Festival Internacional de Teatro de La Habana?

—Esa es una polémica que es válida, pero va más allá del proceso de organización del Festival. Poner este tema en el centro de la polémica no creo que le haga bien al evento, pues no hay consenso entre las partes del movimiento teatral cubano al abordarlo. A unos les motiva la competencia por el hecho de la propia competencia y el estímulo de los premios. Otros por la propia naturaleza del teatro abogan porque no sea competitivo y se logre una muestra amplia en términos geográficos y conceptuales para lograr un incremento del referente teatral. Cada vez que aflora este tema implica el debate. Incluso el Festival de Camagüey, nuestro festival nacional competitivo, también es cuestionado por algunos. Este se ha mantenido con esta característica como una de sus diferencias con respecto al Festival Internacional de La Habana, evento que nunca fue una competencia en sentido general porque solo concursaban las obras cubanas. El festival cuenta con una muestra internacional amplia. Los grupos interesados en participar no han manifestado ninguna preocupación en cuanto a que se compita y creo que hoy a los teatristas y al público cubano, más que todo, les es importante ver mucho teatro y buen teatro para elevarlo al nivel que exige el contexto internacional donde se incluyen la mayoría de las artes de Cuba.

La muestra cubana este año es menor en cantidad con respecto a otros festivales. ¿Esta disminución es producto de una línea de trabajo o del aumento del rigor de la selección nacional?

—La reducción de la muestra permite sin dudas una mayor eficiencia organizativa. Ello se traduce a una mejor atención a los artistas, mejores condiciones y recursos para las puestas y mayor número de funciones por obra, entre otros beneficios. Pero como objetivo mayor los festivales deben traspasar los días de su celebración al servir de referente histórico. En ellos debe mostrarse lo mejor de un período determinado. La selección para un festival debe marcar jerarquía, lo cual no implica absolutamente que los grupos que participen sean los mejores, sino aquellos que lograron las mejores puestas de una temporada. Llegar al festival representa un estímulo a la labor creadora y al resultado alcanzado sobre las tablas. Esto obliga a nuestros artistas a una constante evaluación y reevaluación de lo hecho, a la búsqueda de la jerarquía escénica.

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