 Nada más antidemocrático que
la Carta Democrática Mario Jorge Muñoz Dos días de reuniones en Lima bastaron para que los mandatarios y cancilleres de América Latina
—con la excepción de la "descarriada" Cuba—, bajo la supervisión del secretario de Estado norteamericano, Colin Powell (quien regresó urgente a su país por los atentados del lunes), le dieran el visto bueno al manual que regirá el destino de la democracia en el continente.
La asamblea, que tuvo lugar en el hotel Delfines, del barrio residencial de San Isidro, fue organizada por la Organización de Estados Americanos (OEA), que aunque
"no pinta ni da color" —lo dicen los especialistas— se hizo cargo del documento, cumpliendo los mandatos de la última Cumbre de las Américas, realizada en abril pasado en Quebec.
Días antes de la reunión, el gobierno peruano dispuso que
10 000 efectivos participaran en la custodia del encuentro. Un total de 2 500 policías y agentes de seguridad se encargaron de la protección de los ministros y jefes de Estado o Gobierno de 34 naciones que asistieron. También como parte del plan de vigilancia se instalaron cámaras en distintos lugares de la capital peruana.
No había por qué temer. Lima se veía bien cuidada. Sin embargo, se sentía tensa. Y no es para menos. Los dirigentes latinoamericanos discutieron
—más bien conversaron, el texto ya estaba "cocinado"— y aprobaron las reglamentaciones sobre el futuro de la democracia en la región, mientras el continente se desangra por razones más concretas: el hambre y el desempleo no creen en democracia.
Y es una lástima. Qué falta le hubiera hecho al continente tanta preocupación por la
"democracia" en los años '70, aquella época de dictaduras militares, de torturas, desaparecidos y muertes.
Entonces hubiera resultado indispensable una carta que proscribiera los crímenes que se estaban cometiendo en varios países de la región. Pero por esos días tal propuesta no hubiera tenido éxito.
Washington, el principal patrocinador y defensor de los regímenes dictatoriales, no lo hubiera permitido.
Dos o tres décadas después y cumpliendo órdenes del Norte, la prioridad es ahora la supuesta democracia. El reglamento incluye hasta sanciones para los países que se desvíen del camino que
—por supuesto— también fue bien delineado por el ejecutivo norteamericano. Otro instrumento para que la Casa Blanca decida lo bueno y lo malo que hacen los latinoamericanos.
Porque ya nadie se cree el cuento de que la OEA, en consenso con los dirigentes de la región, decidieron cuál será el tipo de democracia que queremos para el continente. Según Libardo Buitrago, un analista político colombiano radicado en Chile, la organización se ha convertido en un foro de
"segundo nivel", el "epicentro de producción de discursos que no van a ninguna parte".
Y en medio de la crisis política, económica y de gobernabilidad que asola a la región, ese estilo de
"democracia" se pone de moda. No importa qué comerán o cómo sobrevivirán mañana. Tampoco que la nueva receta democrática es excluyente y nada participativa.
Washington lo tiene todo bien pensado: junto con el Acuerdo de Libre Comercio de las Américas (ALCA), la llamada Carta Democrática será su nuevo mecanismo de control hemisférico.
El primero regulará los intereses económicos y el segundo los políticos.
De continuar las cosas como van, nada se moverá en el continente sin el consentimiento de la Casa Blanca. Así podría funcionar también la tan manipulada democracia en Latinoamérica. Y no olvidar que el nuevo instrumento de dominación recién salido del horno no ha sido sometido a plebiscito por ninguno de los pueblos latinoamericanos. En fin, que no hay nada más antidemocrático que la Carta Democrática.
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