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Artes plásticas

William, el aglutinador

TONI PIÑERA

William Hernández bien podría apellidarse aglutinador, transformador, fundidor... de imágenes de la historia del arte-hombre sobre la tierra. Con suma facilidad toma y suma, elementos, trazos, formas y tonos sobre cualquier superficie o técnica, porque para él no existen fronteras. Con esa refinada gracia propia de quien disfruta ilusoriamente la figuración que recrea, mueve o descompone en formas libres.

Grabado, pintura, collage y dibujo "revolotean" por sobre papeles y telas como un todo, porque como bien señala Rafael Acosta, presidente del Consejo Nacional de las Artes Plásticas, en las palabras del catálogo de la muestra ... de pura estirpe William Hernández, abierta en la galería Pequeño Espacio de la sede del CNAP (3ra. entre 12 y 14, Miramar), 
" William es un gestor de imágenes de impecable factura y decidida vocación narrativa. Entre sus logros creativos está el de haber aproximado, y a veces fundido, la simbología clásica con íconos y signos de la actualidad insular". Temáticas, técnicas e ideas imaginativas se acrisolan en su itinerario artístico que se detiene ahora en esas paredes para que el espectador compruebe la valía de sus creaciones que no pocos premios y alegrías le han regalado al laureado artista matancero en cuanto concurso participa.

William Hernández perfila una actitud y un credo estético: el de la racionalidad de los elementos y la síntesis en la representación. Sobre esa base, el artista —graduado de la Escuela Nacional de Artes Plásticas en 1990— construye una obra que contiene muchos impactos rotundos, muchos puntos de fascinación. La mejor valía de esos trabajos surge de la conjugación de vectores matizadamente distintos. La suntuosa intuición plástica que permite al artista resolver sus apuestas con una secreta riqueza y elegancia de efectos, así como la habilidad, su vertiente más bronca. Todo cuanto se mueve en la fascinante obra del creador —sea en pintura, dibujo o grabado—, no es más que lo que la mirada pone en relación: signos, atisbos, señales que llegan desde el tiempo. Fauna del subconsciente, teatro mental, y también del teatro completo de la vida contado con el estilo de la epopeya, a la manera de un misterio medieval o de un cuento de Voltaire.

A fuerza de sabios empeños, sus obras han logrado un estado de gracia confortable a simple vista, aunque su mejor momento es el de las segundas miradas, aquellas que se entretienen con morosidad en el aprecio de las calidades, las que les sacan el verdadero gusto al grabado y a la pintura que confunden a veces en una sola obra. No es solo de ir empapándose de un efecto de conjunto, sino de ir rastreando detalles, matices, intensidades, siempre con provecho. A su aire, sin alteraciones, insistiendo todo lo que le haga falta, William Hernández llega a una intimidad con el grabado o la pintura que es intemporal. A tal punto que se olvida cualquier identificación anecdótica, cualquier distracción.

La buscada y rigurosa simetría que determinan los grabados del artista resulta un enfrentamiento continuo, un intercambio recíproco de fuerzas en toda la extensión y en toda la profundidad de la plancha. La búsqueda de la belleza exige sacrificios: el proseguido diálogo entre el desencadenamiento y la fijeza. Lo abigarrado, proliferante, de la vida; y el rigor estático de aquello que la trueca en algo permanente. Y sin embargo, todas estas planchas se hallan conformadas por una aparente dispersión de los elementos en el vasto espacio de lo negro y una atención minuciosa, casi de orfebre, por los más insignificantes detalles. Como si el grabador quisiera excavar en ellos, tratando de extraer, de allí, la clave que los identifique. Se trata de grabados elaborados con gran sobriedad, y una profunda sabiduría en la composición. Ellos modifican una herencia ancestral de la Historia del Arte, y de la vida.

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