La herencia de "El Padrino"

MAX LESNIK (*)

La lucha interna en la Fundación Nacional Cubano-Americana parece una copia al papel carbón de las batallas libradas entre los "capos" de la mafia a la muerte de "El Padrino". No siempre los herederos de sangre son aceptados por los viejos cómplices del que funda una pandilla.

Cuenta la historia —y ahora se repite— que los veteranos mafiosos se resistían a aceptar la jefatura del Delfín ni tampoco estaban dispuestos a continuar con viejos métodos, que aunque perseguían los mismos fines, eran distintos en cuanto a hombres y matices.

La muerte de Jorge Mas Canosa marcó la división entre todos aquellos que bajo el signo de la conjura anticubana, se habían complotado para apoderarse de la Isla a toda costa.

Les sobraba el dinero, tenían influencias en Washington y contaban con el respaldo del gobierno de Estados unidos para sus planes de agresión a Cuba.

Los servicios prestados a la administración Reagan en su política guerrerista en América Central, en los años 80, servían de patente de corso para realizar sus actividades.

La desaparición de Jorge Mas marcó un camino nuevo lleno de dificultades.

Al principio parecía que todo sería igual. Pero la aparente unidad en la jefatura de la Fundación estaba minada por la desconfianza mutua. Por una parte los viejos socios de Mas Canosa, que soñaban con controlar los millones del difunto utilizando al hijo de este, a Jorge Mas Santos, como dócil marioneta. Y por la otra, el "hijo de su papá", haciendo yunta con sus hermanos y unos cuantos amigos, para mantenerse al frente de la Fundación y los negocios millonarios de la familia sin la molesta interferencia de los primeros.

Lo que ahora ha emergido a la superficie son más que fuegos fatuos. La ruptura no es, como algunos han dicho, por la participación de la Fundación en el Festival de los Premios Grammy ni porque unos sean viejos y otros más jóvenes. No se trata de una lucha generacional. Ni tampoco porque cada facción tenga objetivos diferentes con relación a Cuba. El terrorismo que la Fundación utilizó como arma tenía y tiene el respaldo de unos y de los otros.

Quizás haya algunas diferencias tácticas en cuanto al manejo de las relaciones con la opinión pública norteamericana. Pero en lo sustancial no hay nada fundamental que los separe.

En realidad las diferencias tienen que ver mucho con el dinero. A la muerte de Jorge Mas Canosa se informó a los dirigentes de la Fundación que en el testamento del difunto había una donación de 200 000 acciones de la compañía Mastec —propiedad de la familia Mas— que según los expertos en la Bolsa, tenían entonces un valor de 5 millones de dólares. Dichas acciones llegaron a subir a unos 9 millones a fines de la década de los 90.

Hoy en día, debido a las dificultades por las que atraviesa la empresa Mastec —los escándalos financieros en Miami y en Madrid— el valor de esas acciones ha bajado a dos y medio millones de dólares. Pero el botín todavía resulta apetitoso.

La información —publicada en The Miami Herald del pasado miércoles 8 de agosto— proviene de una fuente que tiene por qué saberlo. Lo dijo Feliciano Foyo, tesorero de la Fundación hasta el momento de su renuncia para tomar el camino de la disidencia en oposición a Mas Santos.

El detonante que provocó la explosión divisiva fue la jugada legal realizada por Mas Santos hace dos semanas cuando eliminó de la junta directiva que controla los fondos de la Fundación a tres de sus ejecutivos —ahora disidentes— con lo cual el dinero y las acciones de Mastec dejadas en herencia por Mas Canosa quedaban bajo el control de la familia sin que pudiera haber interferencias por parte de los viejos dirigentes de la organización.

El dinero, los millones de la compañía Mastec, fue la manzana de la discordia. La pelea de perros dentro de la Fundación no es por Cuba ni por su pueblo. Ni por ideales ni por principios.

Es una lucha de mafias. Es como una guerra sucia por una herencia maldita.

(* Max Lesnik es un periodista cubano residente en Miami)

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