 Razones para un
Moncada
Una tragedia que no podrá volver
Orlando Guevara Núñez SANTIAGO DE CUBA.—La mayoría de los cubanos que observen esta foto pensarán, seguramente, en las pretéritas tierras del
África irredenta o tal vez de nuestro propio continente, donde millones de seres humanos viven hambrientos y enfermos, castigados por sociedades en que los pobres mueren para que los ricos vivan.
Sin embargo, su historia es más cercana. Era el Santiago de Cuba de junio de 1953, en los albores del asalto al cuartel Moncada.
En la segunda ciudad del país por su población y desarrollo, una epidemia de gastroenteritis diezmaba a centenares de niños. Cuarenta y un muertos en los primeros días de ese mes. Ellos estaban entre los
"controlados", pues se reconocía que el estrago era mayor, burlando las estadísticas oficiales.
Las autoridades atribuían la enfermedad a dos causas principales: la pésima calidad del agua y la adulteración de la leche. La población se conmovía con las muertes infantiles, al tiempo que un grupo de jóvenes, impresionados por la podredumbre de la sociedad que alimentaba a esa y otras tragedias, preparaba el asalto redentor.
Hubo solicitudes de ayuda y llegó una muy
"caritativa" enviada por la primera dama de la República, esposa del dictador Batista: 20 camas y dos cajas de vacunas. En su visita a esta ciudad no dejó espacio para el consuelo a los familiares de las víctimas, ni para devolver, en bien de los pobres, una pequeña parte de los millones robados a la nación.
Los pocos médicos, casi todos privados, que existían entonces en Santiago de Cuba y el mísero presupuesto para la salud pública, estaban muy lejos de proteger a la población.
Esta provincia contaba entonces con algo más de un centenar de médicos. Y los actuales territorios de Guantánamo, Santiago de Cuba y Granma, incluso cinco años después, en 1959, disponían en su conjunto de un millón 300 000 pesos para la salud.
Los disparos del Moncada comenzaron la cura definitiva de esos males. Hoy Santiago de Cuba cuenta con más de 6 000 médicos
—cifra igual a los existentes en el país al triunfo de la Revolución— y tiene más profesionales prestando ayuda médica en el exterior que los existentes aquí en 1953. Por cada diez niños que morían entonces en su primer año de vida, la Revolución ahora salva nueve.
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