 Razones para un Moncada Los desalojos
Orlando Guevara Núñez El desalojo fue uno de los dramas más crueles que padecieron las familias cubanas, principalmente en las zonas rurales, víctimas de geófagos que se alimentaban de la miseria en que los regímenes capitalistas hundían a nuestra gente del campo.
Familias enteras despojadas de sus humildes viviendas y de la tierra que para ellas representaba el único sustento. Nada detenía la voracidad de los poderosos, ni nada protegía a los pobres.
En esta triste situación
—como lo denunciara Fidel en su alegato histórico La Historia me Absolverá— estaban
"los cien mil agricultores pequeños, que viven y mueren trabajando una tierra que no es suya, contemplándola siempre tristemente como Moisés a la Tierra Prometida, para morirse sin llegar a poseerla, que tienen que pagar por sus parcelas como siervos feudales una parte de sus productos, que no pueden amarla, ni mejorarla, ni embellecerla, plantar un cedro o un naranjo porque ignoran el día que vendrá un alguacil con la guardia rural a decirles que tienen que irse''.
Y era parte también de ese patético cuadro el medio millón de obreros agrícolas sin una pulgada de tierra para obtener el sustento de su familia.
Ante ese sombrío panorama, la distribución de la tierra en el país revelaba una terrible desigualdad, en favor de los ricos.
El 25 por ciento de las mejores tierras cubanas estaba en manos de voraces latifundistas norteamericanos. Solo 13 de estos latifundios, asentados en la economía azucarera, sumaban 1 173 000 ha, cifra superior al total de tierras que poseían 101 278 propietarios de fincas pequeñas.
En Santiago de Cuba, otro dato escalofriante acompañaba a esta desigualdad: en nuestros campos, el 74,8 por ciento de los ocupantes de viviendas no era dueño de ellas en 1953.
El desalojo imperaba como ley de los poderosos contra los desvalidos. En muchos casos, las familias desalojadas tuvieron que buscar refugio en los más apartados y casi inhóspitos rincones de las montañas, alejados de la civilización, marginados por una sociedad que les negaba los más elementales derechos.
Pero la Revolución, aun antes de llegar al poder, comenzó a cumplir el Programa del Moncada en el sector agrario. Así, el 10 de octubre de 1958 se proclamó en la Sierra Maestra una Ley de Reforma Agraria, disponiendo la entrega de la propiedad de la tierra a todos cuantos la trabajaban sin ser dueños de ella. En este caso estaban comprendidos arrendatarios, subarrendatarios, aparceros y precaristas que ocupaban extensiones inferiores a cinco caballerías.
Esa aspiración fue plenamente realizada meses después, cuando el 17 de mayo de 1959 se firmó en La Plata, Sierra Maestra, la Reforma Agraria más profunda que se conoce en nuestro continente, transformación que fue completada por la última Ley de Reforma Agraria, dictada el 3 de octubre de 1963.
La entrega de la tierra, sin embargo, era una parte del problema. Una encuesta realizada en 1956 por la Agrupación Católica Universitaria, demostraba que de los obreros agrícolas y campesinos
encuestados, solo consumía carne habitualmente el 4 por ciento, menos del 1 comía pescado, el huevo era dieta solo en el 2 por ciento, mientras que 89 de cada cien no tomaban leche.
La Revolución acabó para siempre con el latifundio cubano y extranjero en nuestro país; repartió las tierras a los campesinos, organizó la explotación colectiva de ese recurso, liberó a los obreros agrícolas del desempleo la mayor parte del año, entregó aperos, medios de cultivo y técnicas modernas para la multiplicación de la productividad del trabajo agropecuario y ha llevado hasta el último rincón la obra transformadora, borrando las huellas de un pasado que jamás podrá volver.
Jamás habrá desalojos, porque ahora los campesinos,
además de la tierra, poseen también las armas para defenderla.
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