Sea por descuido, falta de coordinaciones, mediocridades
humanas o, simplemente, por un aflorar espontáneo del subconsciente, lo
cierto es que la diplomacia estadounidense comete increíbles deslices
diplomáticos en el Oriente Medio.
El más reciente, cuando el embajador de Estados
Unidos en Israel, Martin Indyk, acusó al presidente de la Autoridad
Nacional Palestina (ANP),Yaser Arafat, de incitar a la violencia para
conseguir sus objetivos políticos. Tal acusación, porque en realidad lo
es, contrapone abiertamente la línea que Washington defiende, al menos
públicamente, con respecto al conflicto entre israelíes y palestinos.
El gobierno norteamericano asume ante la opinión
pública mundial un papel de mediador en el enfrentamiento, aunque sus
actos encubiertos y, hasta oficiales, evidencian la identificación con
Tel Aviv.
Aun así, un desliz como el de este sábado resulta
escalofriante.
Tanto la Unión Europea, como Estados Unidos, son los
defensores de la figura de Arafat, un veterano luchador capaz de imponer
su prestigio e influencias entre los palestinos en aras de la firma de una
tratado de paz con los israelíes.
Cualquier insulto o pronunciamiento que deteriore su
imagen ha sido criticado por ambos, y quedan como prueba los regaños
hechos por tal motivo al primer ministro israelí, Ariel Sharon, en su
visita a Washington, y esta semana, en su viaje relámpago a Alemania y
Francia.
Europeos y estadounidenses califican a Arafat de
principal aliado para conjurar una confrontación histórica que, tras
reactivarse descarnadamente el 28 de septiembre pasado, dejó hasta la
fecha la nefasta secuela de más de medio millar de muertos, la inmensa
mayoría palestinos.
En tales circunstancias, Sharon, un derechista a
ultranza que suele descuidar sus expresiones hacia las autoridades y el
pueblo de Palestina, opta frecuentemente por la mesura al referirse al
líder de la ANP.
Pero este de Indyk no es el único, ni tampoco el
más relevante descuido de la diplomacia de Washington con respecto al
Oriente Medio.
El propio secretario de estado norteamericano, Colin
Powell, en su reciente gira por esa región puso a correr a los voceros de
la administración del presidente George W. Bush.
El jefe de la diplomacia estadounidense se mostró
entonces partidario de enviar observadores internacionales al Levante,
para supervisar la aplicación de las medidas -destinadas a garantizar la
distensión entre israelíes y palestinos- sugeridas por el informe de la
Comisión Mitchel.
Ese es un viejo y vehemente reclamo de la ANP ante las
Naciones Unidas: la formación de un contingente especial, bajo bandera de
la ONU, para proteger a los civiles palestinos de la represión del ejército israelí en Gaza, Cisjordania y la ciudad de
Jerusalén.
El gobierno estadounidense, claro está, se apresuró a
negar su interés en fomentar tal idea y dio a entender, mediante un
comunicado oficial, que Powell no había querido decir "eso",
sino "otra cosa", con lo cual dejó en ascuas a medio mundo.
Precisamente la administración de George W. Bush hizo
uso por primera vez del derecho al veto, tras asumir el poder en enero
pasado, para impedir la aprobación de una resolución al respecto en el
Consejo de Seguridad de la ONU, promovida por sus miembros no permanentes
integrantes del Movimiento No Alineado (NOAL).
Ocurrió en marzo de este año, cuando a solicitud de
los representantes de NOAL fue sometido a votación un proyecto sobre la
creación de un grupo especial con destino al Oriente Medio, para velar
por la protección de los palestinos.
Washington enseñó entonces su verdadero rostro y su
condición de aliado del gobierno de Tel Aviv, opuesto a esos propósitos
humanitarios bajo el pretexto "de no internacionalizar" el
conflicto israelo-palestino.
Analizadas las circunstancias, parece obvio que los
deslices existen y ponen en entredicho la supuesta habilidad diplomática
estadounidense, sobre todo en Levante, donde las tensiones acumuladas
pueden estallar al más ligero roce de una expresión impensada.
(PL)