 Soderbergh o la inquietud
intelectual
Pedro de la Hoz Steven Soderbergh, ese hombre de 37 años que asistió anoche al estreno cubano de Traffic, no es muy dado a las clasificaciones. Dentro y fuera de Hollywood, en poco más de diez años, ha ido construyendo una obra que se caracteriza por exponer muy serias inquietudes intelectuales en un medio que no se distingue precisamente por ello.
Soderbergh
tras las cámaras, siempre acechante.
El público cubano lo descubrió por el mismo filme que le atrajo la atención de los cinéfilos de buena parte del mundo: Sexo, mentiras y cintas de video, rodada en 1989, comenzó a circular en el Festival del Instituto Sundance ese mismo año y luego conquistó la Palma de Oro de Cannes. Era una mirada perturbadora acerca de la comunicación humana, la moralidad y la sinceridad de los afectos.
Pero los que, junto al cine, persiguieron la música de los 80, lo recuerdan como responsable de uno de las más audaces películas sobre un concierto del grupo Yes, con la que obtuvo una nominación para los
Grammy.
Quizá lo verdaderamente admirable en Soderbergh es su intransigencia con el mercado. Si sus producciones venden, está bien que así sea. Si las grandes productoras lo acogen, perfecto. Pero casi siempre sus filmes han marcado distancia de las convenciones de la fábrica de sueños. Incluso aquellas en las que pareció más entregado a la fascinación por la demanda de un público condicionado por fórmulas y estereotipos, como fueron los casos de Un romance peligroso (1998), en el que apostó por el estrellato de George Clooney y Jenniffer López, y Erin Brocovich (2000), con una Julia Roberts que se tomó muy en serio y un Albert Finney que apreció remontarse a sus mejores tiempos. En la primera es dable observar un toque de ingenio infrecuente en los términos de un filme que repite tópicos hollywoodenses, y la segunda, narrada linealmente dentro de los habituales cánones del suspenso, ofrece al menos una visión nada complaciente del concepto del stablishment sobre el medio ambiente.
Un Soderbergh mucho más inquieto y beligerante es el de Kafka, de inicios de los 90, en el que paga deudas con el expresionismo alemán. O el de The Limey, que para muchos reactualiza los verdaderos valores del llamado cine negro.
En una entrevista que concedió en 1995 a la revista Sight and Sound, declaró:
"Todos mis filmes exploran la misma temática, de alguna manera, pero en un formato diferente. Todas hablan de la batalla entre el mundo interno y el externo. Y todos sus protagonistas no están integrados con su entorno y se sorprenden permanentemente del comportamiento considerado normal por los demás. Creo que es siempre un tema para los artistas".
Ese Soderbergh vertical en sus inquietudes, que piensa en imágenes con tanto fervor que prefiere hacer la dirección de fotografía de sus películas (acto que esconde púdicamente tras un
seudónimo), es el que comparte estos días con los cubanos amantes del cine.
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