Todavía recuerdo la primera vez que en plena calle, al
preguntarme algo, me llamaron puro.
Lentamente, a la manera de aquellos duelos del viejo
oeste, o quizá Humphrey Bogart segundos antes de jugarse la vida en uno de sus filmes en
blanco y negro, apreté los dientes, me viré hacia el joven tan corpulento como sonriente
y le solté una contestación fuerte.
Entonces el sorprendido pareció ser él: No había que
ponerse bravo, la expresión era cariñosa, nada ofensiva, puro, se lo juro.
Días después, una vieja amiga, aún sin cumplir los
cuarenta, se quejaba exaltada a través del teléfono:
Me dijeron temba, así de pronto, sin
preparación; no compañera, no tía, no señora, temba a secas.
¿Dónde estaba la causa de la irritación ante aquel
apelativo? Es cierto que había un factor psicológico por parte de los así llamados (ah,
los años), pero aquel puro y aquella temba, además de recordar que nunca
más daríamos una vuelta a la pista cronometrando un tiempo digno, tenían algo de
chocante.
Buscando una respuesta me fui al pasado, allá a los
años sesenta: Y me vi, junto a otros de mi generación, caminando por las calles y
dirigiéndonos a personas de cierta edad, llamándolas en ocasiones, y no sin cierta
aproximación afectuosa y de respeto, tío, o maestro, o
mayor, o mi padre o hasta abuela, en
caso de que las apariencias no ofrecieran dudas al respecto.
Cuarenta años después, ya en el siglo XXI, no
obstante la evolución del lenguaje, esas formas amistosas y de cierta manera
demostrativas de nuestra idiosincracia, no han desaparecido. Pero molesta comprobar cómo
a diario pierden terreno frente al puro y la temba,
amparados estos en una supuesta representación del gracejo, que, por supuesto, no es tal.
Una vez más estamos ante ese gato por liebre que en
los lindes del término cultura trata de pasar lo marginal y chocarrero por lo popular.
Porque el puro y la temba no son metáforas aplicables a las otras
referencias, sino un estado de moralidad, que asumida o no conscientemente, huele a
fangal.
Moda que algunos imitan, sin tener en cuenta que lo
importante en las relaciones humanas no es el decir, sino el comunicarse, y si es con
estima, mucho mejor.
Además de olvidar que el hombre jamás debe imitar al
antropoide, aunque este lleve camisa y zapatos.