BUENOS AIRES.La hecatombe política que desde
hace varios meses vive Argentina, explotó aquí en una huelga general que paralizó a
casi todas las avenidas y negocios. Ministros que renuncian a los tres días de su
designación, el regreso del menemista Cavallo, la abulia del presidente De la Rúa y un
país endeudado hasta los tuétanos, privatizado en sus principales renglones, han
estallado en un conflicto que hace añorar uno de aquellos "deux ex machina" con
que los teatristas griegos resolvían sus conflictos insolubles.
Y en medio de tan desolador panorama, ¿cómo se
comporta y proyecta el arte, dentro de una ciudad con evidente tradición en lo que a ello
respecta? Aparentemente todo sigue igual, pero cada vez son menos los que tienen acceso a
las atractivas ofertas culturales que aquí en la capital y en otros puntos del inmenso y
hermoso país se presentan casi a diario. El desempleo o los ínfimos sueldos de la
mayoría, incluso algunos decorosos que no resultan tales en la nación más cara de
América Latina (más incluso que algunas europeas) impiden que en términos generales,
los porteños puedan asistir a una función de teatro o ballet de las que por estos días
hacen temporada.
Asistir, digamos, al espectáculo Tango, vals, tango,
de la compañía Tangokines, en el céntrico coliseo Alvear, implica abonar 10 pesos (la
moneda local respecto al dólar está aquí a uno por uno), impensable en obreros que
deben pagar altísimas cotas por el teléfono, la electricidad, el agua, y en muchos casos
el alquiler, y que además tienen familias cuyos miembros están desempleados. Aunque hay
ciertos descuentos para asociados y estudiantes o jubilados y días privilegiados
(miércoles), de todos modos el teatro, el ballet y la ópera son un lujo para la gran
mayoría de los porteños, y los argentinos en general (en el interior resulta impensable,
comoquiera que en no pocos lugares del campo hay bonos de alimentación, tal es la
miseria).
Por ello resulta toda una ganga que el teatro San
Martín anuncie a Shakespeare "por solo cinco pesos": La tempestad anda por acá
estos días en sus últimas funciones, que dan paso a otro título del bardo inglés:
Noche de reyes en la sala María Guerrero, del Cervantes. Como hay una evidente
resurrección del musical, la puesta de clásicos como Chicago, de Bob Fosse, por
prestigiosos artistas locales (en el majestuoso Sky Opera, de la céntrica Avenida
Corrientes), sube aún más la parada: de 15 a 50 pesos cuesta la boletería, y no hay
descuentos ni días preferenciales que logren escamotear el bárbaro costo; en el caso de
los conciertos de cantantes argentinos o foráneos, se dispara aún más: el guatemalteco
Ricardo Arjona, un verdadero ídolo aquí de gira por estos días, o el español Alejandro
Sanz, que ya se promociona ampliamente para principios de abril, implican entradas que
pueden trascender los 100 pesos, en megaestadios como el Luna Park.
Los libros son otro gran problema; ciertas
liquidaciones de verano permiten que Borges, Cortázar, Macedonio Fernández y novedades
de todo el mundo, sean algo más asequibles ahora, pero el resto del tiempo es simplemente
imposible pagar por cualquiera de esos y otros ejemplares precios superiores a los 20
pesos.
El cine cuesta 7,50, excepto los miércoles, de modo
que esta semana los cinéfilos se debaten entre Chocolate, Dancer in the dark, Hannibal,
Gladiador, ¿Dónde está mi hermano? (de los Coen), y El tigre y el dragón (de Ang Lee)
y elegir, en el mejor de los casos, pues el "día atravesado" no siempre es
posible visitar las grandes y cómodas salas (eso sí) que ofertan aquí los últimos
títulos.
En fin: como el "deux ex machina" griego
evidentemente no va a bajar, los argentinos siguen suspirando por un acceso al arte y la
cultura que para la mayoría tiene el ingrato sabor de la quimera, como para muchos lo es
incluso, el sustancioso bife o las pintorescas "camperas".