SANTIAGO DE CUBA. Desde que en junio de 1998
comenzó a ejecutarse el programa de gasificación en la capital santiaguera, hasta la
fecha, más de 36 000 núcleos familiares han sido beneficiados con este servicio,
elevándose a unos 65 000 los que usan ya el gas licuado como combustible doméstico.
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RAUL LOPEZ |
En el presente año otros miles de familias, según las
disponibilidades de recursos, deben incorporarse a este programa que hoy dispone de 43
puntos de venta que respaldan la distribución y acercan el producto a los clientes.
Pero la trascendencia de la llama azul que sustituye a
la de otros combustibles keroseno, petróleo, leña, carbón, además del calor de
cocinas eléctricas (de fábrica y caseras), trasciende el límite hogareño,
ganando un puesto en la economía familiar y estatal, en la ecología, en la salud y en
otros aspectos no menos importantes que conforman la calidad de vida de la población.
La gasificación, sin duda, ha contribuido a la
disminución del consumo de algunos combustibles y de energía eléctrica en el sector
residencial. Muchos consumidores testimonian una reducción sensible de lo que pagaban
cada mes antes de tener el gas licuado, a la vez que el Estado ahorra en este decisivo
recurso energético, descienden los apagones y menos transformadores se inutilizan.
El carbón y la leña sustituidos dejan también de
pesar sobre la economía familiar, pues el costo de una lata de carbón, en muchos casos,
sobrepasa los siete pesos de un cilindro de 10 kilogramos que multiplica varias veces
el servicio. El keroseno tenía el inconveniente de la inestabilidad de la distribución e
insuficiente asignación.
Gana la ecología, porque menos leña y carbón
favorecen la preservación de los bosques y disminuyen las sustancias contaminadoras del
medio ambiente, a la vez que se protege mucho más la salud humana en los hogares.
Más seguridad, menos accidentes, entre ellos los
incendios, también son un derivado de la llama azul proveniente de cocinas gasificadas.
En todos los sentidos, la gasificación es beneficiosa.
Ha contribuido incluso al ordenamiento de las viviendas, pues que estas tengan legalidad
es condición indispensable para obtener el servicio. Agréguese la facilidad para comprar
el gas licuado, el tiempo ahorrado en la cocina, la limpieza y el sencillo manejo.
¿Todo resuelto? Claro que no. La propia empresa
comercializadora lo sabe y sobre esa base se esfuerza para mejorar la calidad del
servicio. Un principio es consolidar cada paso de avance antes de dar otro nuevo. Esto se
traduce en que a los núcleos beneficiados no les falte el producto, salvo casos
coyunturales que no desdicen lo alcanzado. Horarios de venta en los puntos,
simplificación de los trámites y sembrar más cultura sobre el uso de este combustible,
están entre los propósitos.
Aunque muchas familias de esta ciudad aún no han sido
beneficiadas con el gas licuado, la llama azul es cada día una realidad más cercana.