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Neoliberalismo versus medio ambiente
JOAQUIN RIVERY
EL 19 DE mayo pasado, en Ginebra, respondiendo a un brindis del señor Flavio Cotti, presidente de la Confederación Suiza, Fidel decía: "Nuestro mundo caótico de hoy necesita orden para que la naturaleza no sea destruida, los mares, los ríos y la atmósfera dejen de ser envenenados, los suelos no pierdan su capa fértil, los desiertos no crezcan, los bosques no desaparezcan, el clima no cambie y los 10 mil millones de habitantes que seremos dentro de solo 50 años no mueran de enfermedad y hambre."
Fidel estaba planteando el mayor problema de la llamada economía sostenible, que implicaría el desarrollo de forma que la naturaleza no sea destruida, que el planeta sea habitable para las generaciones presentes y futuras.
En Cuba acaba de celebrarse la conferencia internacional Etica y Cultura del Desarrollo: construyendo la economía sostenible, y en ella quedó claro que los métodos que se emplean hoy, fundamentalmente el neoliberalismo (o las políticas de ajuste o las economías de libre mercado, como también se les llama) no pueden garantizar el porvenir.
América Latina, una región donde las recetas del Fondo Monetario Internacional (FMI) han implantado las nuevas políticas, es un buen ejemplo de ello.
En ese territorio la introducción de lo que entonces se llamaba "la escuela de Chicago" se produjo bajo la dictadura militar de Pinochet con una represión que barrió desde el inicio a todos los posibles opositores. Ese fue el inicio de las prácticas neoliberales en la economía latinoamericana.
Manuel Baquedano, presidente del Instituto de Ecología Política de Chile, me relató que esas fórmulas económicas están dañando la naturaleza chilena porque es cierto que hay un alto ritmo de crecimiento del Producto Interno Bruto, pero a un elevado precio en los cuatro renglones fundamentales de exportación: pesca, industria forestal, minería y agroindustria de exportación.
Como un ejemplo citó que entre la población permanente que requieren las plantaciones de frutas de exportación, que tiene que ser estacionaria, se han detectado serios problemas genéticos por el uso de diversos agentes químicos y han aparecido con frecuencia niños con malformaciones congénitas que los padres no sienten, pero que se trasmiten en la herencia.
El centro del asunto está en las llamadas desregulaciones. Con la política neoliberal, los gobiernos han tendido a eliminar reglas de comportamiento de las empresas, para hacerlas más competitivas, bajar costos y atraer inversiones extranjeras, una práctica que atenta directamente contra los salarios, la salud y la naturaleza.
Por su parte, el salvadoreño Roberto Rubio, director en su país de la Fundación Nacional para el Desarrollo, se quejaba de que la desregulación del transporte ha hecho proliferar las empresas de autobuses en San Salvador y ha aumentado sensiblemente la contaminación de la ciudad, al punto de convertirla en una de las de ambiente más irrespirable de Centroamérica.
En ese mismo país, la eliminación de barreras legales ha desbocado a las empresas constructoras, que han pasado a erigir obras en las montañas que rodean a la capital salvadoreña y están dañando el entorno, mientras la reducción de los gastos estatales que acompaña a los ajustes económicos ha dejado sin protección a los campesinos del norte del país, que han pasado a cultivar en laderas montañosas y provocado una fuerte erosión que está sedimentando los ríos de la región.
Desde Ecuador con frecuencia llegan noticias sobre sublevación de las tribus de la selva debido a que las empresas petroleras están dañando el entorno en que han vivido siempre y en Argentina se han presentado conflictos con pobladores del sur debido a que la falta de inversiones adecuadas de las petroleras ha provocado graves contaminaciones en la región.
De Perú se conocen los serios problemas que han causado las transnacionales mineras norteamericanas, mientras en Bolivia la minería ha provocado fuerte contaminación, enfermedades y hasta muerte entre la población que trabaja en los socavones.
El neoliberalismo resulta cada vez más caro por sus efectos, que el Fondo Monetario Internacional y el Banco Mundial parecen ignorar olímpicamente, en su papel de establecer reglas que garanticen cada vez más altas ganancias al capital transnacional, y donde el medio ambiente resulta también una de sus víctimas.