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En busca de una alternativa viable
NIDIA DIAZ
LOS IDEOLOGOS del mundo unipolar, auxiliados por la impresionante y poderosa maquinaria propagandística del sistema, presentan como inviables las aspiraciones y los sueños de justicia social de los movimientos de la izquierda revolucionaria al tiempo que desacreditan su accionar allí donde comienzan a esbozarse ideas que pudieran desembocar en alternativas al modelo neoliberal.
A pesar de ello, la década que está por concluir, testigo del desplome de la comunidad socialista y la desintegración de la URSS, sirve de praxis a una izquierda revolucionaria que, como parte de esas ideas, ensaya a partir de experiencias locales de gobierno lo que pudiera transformarse en un poder alternativo que supere definitivamente al del gran capital.
En una región como la latinoamericana, donde los partidos políticos tradicionales muestran síntomas de agotamiento y son incapaces de impregnar a sus propuestas electorales visos de credibilidad, algunos partidos de izquierda en alianza con otras fuerzas han conseguido ocupar diversos espacios de gobierno a partir de los cuales construyen novedosas experiencias de participación popular.
Experiencias que, como en el caso de las alcaldías capitalinas, prefecturas y gobiernos provinciales, deberán definir sus objetivos y erigirse a mediano plazo en posibles embriones de una sociedad postneoliberal donde el mercado y el capital no estén sacralizados desde el poder.
Por supuesto, el camino no es fácil. La izquierda revolucionaria corre no pocos riesgos, el primero de ellos allí donde ya es gobierno, es el de convertirse en una administradora de la crisis y las políticas de la administración central.
Para enfrentar esa posibilidad, las alcaldías del Partido de los Trabajadores (PT), en Brasil, o la frenteamplista Intendencia de Montevideo o las de Causa R, en Venezuela, ensayan, por ejemplo, lo que han denominado presupuesto participativo con el que inducen a los vecinos a no esperar la solución de los problemas desde las más altas instancias de poder sino a analizar de conjunto y con un criterio solidario las prioridades de la localidad para encontrar respuestas, entre otros.
Por supuesto, esto no es fácil, toda vez que la aplicación de los programas de ajuste estructural impuestos por el modelo neoliberal reduce cada vez más los presupuestos estatales, que son más exiguos en los eslabones primarios de gobierno como las alcaldías, prefecturas o intendencias.
Sin embargo, el saldo de una administración honesta frente a la tradicional corrupción que caracteriza la gestión de los representantes de los partidos tradicionales, comienza a incidir entre los sectores excluidos que ven con interés y esperanza este tipo de experiencia.
El camino, no obstante, está lleno de trampas.
Una de ellas es la eventualidad de que en busca de la acumulación de fuerzas en términos electorales vaya quedando atrás el objetivo central que es la acumulación de fuerzas populares, en última instancia, las llamadas a impulsar una real alternativa al modelo impuesto.
Por otro lado, se corre el riesgo de creer que la vida del capitalismo será eterna y nada podrá revertir esa realidad. Convivir con éste para hacerlo "más humano" pudiera ser el Talón de Aquiles de éstas y otras iniciativas que nacen, obviamente, de posiciones ideológicas equidistantes.
De lo que se trata es de que estos movimientos políticos a los cuales la realidad derivada del neoliberalismo ha hecho extremadamente heterogéneos, comprendan que el capitalismo de finales de siglo sigue manando sangre y lodo por todos sus poros y cuya existencia depende de la exclusión y la eliminación de las mayorías.
Es por esa razón que en la etapa actual el capitalismo tuvo que prescindir de su eufemísticamente llamado Estado de Bienestar General el cual, en su etapa de expansión mundial, utilizó una parte de sus ganancias en educación y sanidad públicas y ciertos beneficios de seguridad social, que permitían la existencia de un colchón social donde las capas pequeña y mediana de la burguesía sirvieran de contrapeso en su enfrentamiento a la clase obrera.
La izquierda revolucionaria y sus aliados, por tanto, tienen ante sí un reto histórico que incluso trasciende el objetivo de ejercer el gobierno nacional allí donde actúe sola o en alianza con otras fuerzas.
Su tarea, como nunca antes, es la de acumular fuerzas pero no solo para administrar con honestidad los ciclos electorales de un sistema que nada tiene que ofrecer al pueblo. Debe demostrar que el socialismo sigue siendo la única alternativa posible frente a un sistema que, por esencia, ha hecho y hará imposible la justa redistribución de las riquezas que pueda poner fin a la extrema polarización social con que llega a su fin el actual milenio.
No será escondiendo la cabeza como el avestruz por errores ajenos o por las deficiencias e insuficiencias que pusieron fin a la experiencia socialista europea con que los movimientos de la izquierda revolucionaria levanten con inteligencia y valor la bandera del único sistema que ha demostrado tener capacidad y voluntad de servir sin discriminaciones.
Las nuevas experiencias de los gobiernos locales de la izquierda y sus aliados son útiles y oportunas. Ellas pudieran nutrir las raíces de un árbol mucho más frondoso que logre cobijar a todos.