DEPORTES

Duelo Núñez Rodríguez-Conrado Marrero

El guajiro


ENRIQUE NUÑEZ RODRIGUEZ

¿ES VERDAD que han pasado tantos años desde aquel día en que, por primera vez en mi vida, acaricié un guante de béisbol y pude ver, de cerca, una pelota de "poli", de la marca Wilson, que según creo recordar era la marca oficial de las Grandes Ligas?

¿Cómo puede ser que, después de tantos años, me entre por el olfato el olor a Linimento Sloan, que salía del cuarto de mis padres, donde Conrado Marrero se cambiaba de ropas para vestir el traje del equipo visitante? Y después, camino al solar yermo donde se iba a efectuar el desafío, sentirme el hombre, -el niño-, más feliz del mundo, cuando Marrero, para ir calentando el brazo, me tiró unas pelotas que me convirtieron, ya para siempre, en el receptor de una estrella que iba a brillar, hasta hoy, en el firmamento deportivo de mi Patria. El no tiene por qué acordarse de esos detalles que para mí son inolvidables. (Si aguzo el oído puedo escuchar sus zapatos de "spikes", rechinando sobre el mosaico de la sala de mi casa).

En el desafío de esa tarde Marrero blanqueó al equipo de Quemado. Por la noche, en el café de mi abuelo, los bateadores locales justificaban su derrota diciendo que el box estaba muy cerca del home. Que de no ser así, el Guajiro de Laberinto no habría podido ponchar, en rápida sucesión, a Geño Durán, Ireneo Francia y Yeyo Medina, los recios bateadores del team local. Fue el bobo del pueblo, Félix, el que hizo la pregunta que situó las cosas en su justo lugar. Inquirió, sencillamente:

-¿Y cuando Juan el Zurdo pitcheaba, le corrían el box para atrás?

Juan, nuestro lanzador, contemporáneo de Marrero, y que para mí sigue siendo el mejor pitcher del mundo, sentenció convencido:

-¡Ese guajiro es tremendo lanzador!

Desde entonces lo seguí dondequiera que lanzara. En el Cienfuegos Stany, o en el Almendares, en el Stadium La Tropical, bebiendo una cerveza cada vez que él ponchaba a un bateador, para abordar, ebrio de gozo y de lúpulo, el tranvía que devolvía de regreso a las casas de huéspedes de la zona universitaria a Toñín Maribona, a Timbolo, del mismo apellido, al chino Wong y a tantos otros estudiantes sagüeros que formábamos el grupo de sus fanáticos. Es más, lo seguí hasta Washington, cuando llegó a las Grandes Ligas, casi con cuarenta años, para asombrar al mundo con sus hazañas. Y en la casa de las muchachitas Ferro, cubanas y bellísimas, disfruté su conversación amena y criolla, aspirando el humo de sus habanos, símbolos de su cubanía.

Después, una tarde, en Bayamo, lo vi desde el carro que me había recogido en el aeropuerto, dirigirse a pie hacia el centro de la ciudad, para incorporarse a su trabajo en el INDER en la preparación de una nueva hornada de lanzadores. ¡Un big leaguer a pie! ¡Y yo en carro! Lo recogí para darle botella. Hice algún comentario sobre lo insólito de aquella situación. Y Marrero, con una sonrisa en los labios, no dijo una sola palabra de crítica o de queja.

Desde entonces supe que algún día tendrían que otorgarle la Orden Lázaro Peña de Primer Grado. Y ese momento ha llegado.

Con tal motivo apareció recientemente en el periódico Granma una entrevista en la que Marrero desmiente una leyenda que alguien inventó sobre él y Ted Williams. Según la anécdota, Marrero había ponchado al recio bateador y le pidió que le firmara la bola. Poco después Ted Williams le dio un jonrón, y al pasar por segunda le gritó a Merrero: "Conny, ve a buscarla para firmártela".

La anécdota es tan simpática que merece ser verdad. Y la publiqué. Marrero afirma en la entrevista de Rafael Pérez Valdés:

-"El que lo ha dicho es uno que es muy amigo mío... de Quemado de Güines, muy chistoso... Enrique Núñez Rodríguez. Eso lo dijo él, pero no es así".

Alguna gente se me ha acercado para decirme que Marrero me desmintió, como queriendo insinuar que debo estar molesto por eso.

¡Todo lo contrario! A mí me suena a música, en los oídos, su afirmación:

-El que lo ha dicho es...uno que es muy amigo mío... de Quemado de Güines...

Ese mismo amigo que sintió como suyo el honor que la CTC le rindió, con toda justicia, a quien, por encima de todas las glorias conquistadas, confiesa sencillamente:

-No me gusta vivir en Estados Unidos. Porque soy un guajiro cubano, aunque ya quedan pocos guajiros, casi todo el mundo está en el pueblo; yo me siento guajiro.

No en vano, cuando paso por la bodega de Abel, en Laberinto, todavía, después de tantos años, me late el corazón más rápido.


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