| CULTURALES |
Mozart a manos llenas
Pedro de la Hoz
Entre Milos Forman y Falco con sus Amadeus fílmico y rockero y las buenas ideas que se le ocurren al pianista Ulises Hernández, concebir conciertos especiales como los que consagró a Bach y a Cervantes, se halla la explicación de un fenómeno masivo: Mozart a teatro lleno, jóvenes de los que raramente acuden a la temporada sinfónica en los pasillos, gente que desafió la sofocante y húmeda canícula y el difícil acceso al Teatro Nacional un sábado de noche. Claro que la motivación principal fue el propio Mozart (1756-1791), con su creación que ha definitivamente vencido las barreras del tiempo y del espacio.
Siempre atentos a la novedad, los organizadores de Mozart en concierto ofrecieron el estreno en Cuba de una Sinfonietta que el compositor húngaro Lorin Kosztler armó a partir de la Sonata para dos pianos del genio salzburgués. Nada trascendente -no hay cosa peor que orquestar a Mozart tratando de remedar a Mozart sin ser Mozart (bien distinto, digamos a lo que hizo Stokowski con la Tocatta y fuga, de Bach)- pero resuelto digna y limpiamente por la Camerata Romeu y sus agregados de la Sinfónica Nacional y el Gran Teatro de La Habana, bajo la conducción de Zenaida Castro Romeu, a quien se debió, en buena medida, el éxito de todo el programa.
El reto mayor lo tuvo ante sí Ernán López Nu-ssa, puesto que el Concierto en Do Mayor (1785) es uno de los más interpretados y se presta, quiérase o no, a comparaciones. Por demás, resume las excelencias tanto de la pianística mozartiana como de su concepción de la forma concierto.
Pianista y orquesta se compenetraron en la partitura más significativa del programa y comunicaron una estética musical coherente, en la que se evidenciaron los valores de la simetría clásica, aun cuando haya sido discutible la dinámica del fraseo, por momentos demasiado regular, férreamente comedida.
La empatía entre los solistas marcó la ejecución del Concierto para dos pianos, que le encargaron a Mozart en 1779, poco después de que entregara para la catedral de Salzburgo su singular Misa en Do Mayor. Puro juego dialógico con reminiscencias del Rococó en una orquestación adelantada para la época. Antonio Carbonell puso la nota de buen gusto, dómine de una cultura clásica del sonido, en plena comunión con su colega Carlos Faxas.
Para satisfacer un pedido de la esposa y la hija del mariscal conde Ernesto Londron, a quienes había ofrecido ya deliciosos divertimentos, Mozart, en 1776, escribió el Concierto para tres pianos, también divertido y ligero, aunque, en honor a la verdad, nunca pudo lograr que los tres teclados mantuvieran un mismo nivel de intensidad en el discurso contrapuntístico. Ulises Hernández brilló en las cadencias y nuevamente Carbonell aportó su sensible seguridad estilística. Aquí se sumó Ivette Frontela, una pianista de mucho empuje y musicalidad que mereció en 1993 el Premio UNEAC de Interpretación. La Frontela puede llegar a ser un nombre importante de la pianística cubana en la apertura del siglo XXI. Una sola recomendación: el éxtasis gestual no siempre es sinónimo del mejor sonido.